Para quienes acostumbran a observar en el servilismo del presidencialismo mexicano ante el gobierno de Estados Unidos un rasgo claro de estabilidad en la relación bilateral que habría que celebrar, el hecho de que Andrés Manuel López Obrador lleve prácticamente todo el año peleando con las autoridades estadounidenses por causa del combate al tráfico de fentanilo desde este lado de la frontera hacia el Norte del Río Bravo es una señal clara de que los tratos diplomáticos entre ambos Estados se halla en uno de sus peores momentos históricos. Desde su perspectiva, después de todo, que las autoridades mexicanas se envalentonen y decidan discutirles a las estadounidenses sus dichos y hechos no puede ser considerado sino un desacierto, reprobable desde todo punto de vista (moral, político, ideológico, económico, estratégico, geopolítico, etc.) que no conduce a otro lado que no sea a despertar animadversiones del que es el principal socio comercial de México.
Así lo evidencian, por ejemplo, y con mayor claridad, las reacciones que entre esos círculos de comentócratas opositores al obradorismo han despertado las declaraciones que en varias ocasiones ha hecho López Obrador en sus conferencias matutinas, pero particularmente las de la última semana (17 y 18 de abril de 2023), cuando en ellas arremetió en contra tanto de las filtraciones que hiciera el Washington Post de información clasificada, obtenida por la vía del espionaje estadounidense en México, cuanto, por supuesto, del propio hecho que condujo a que se hicieran tales revelaciones: el conjunto de actos de espionaje que operativos de la Administración para el Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés) llevó a cabo en territorio nacional.
Y es que, en efecto, ante las acusaciones hechas por Andrés Manuel, en el sentido de que tanto las operaciones de espionaje como la publicitación de la información obtenida por ello en la prensa, constituyen un acto de «intromisión abusiva, prepotente, que no debe de aceptarse bajo ningún motivo», la principal respuesta que han movilizado sus opositores y opositoras en el debate público nacional, vía intervenciones editoriales, ha sido —palabras más, palabras menos— la de normalizar la condena al rancio nacionalismo del presidente mexicano y celebrar, en consecuencia, la valiente actitud de las agencias de inteligencia estadounidenses (cuyos funcionarios y operativos, según esta misma narrativa, tendrían el coraje y la determinación que le haría falta al actual gobierno de México para enfrentar lo mismo a la corrupción entre sus filas que a los cárteles del narcotráfico que suponen su principal problema de seguridad).
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