Los extremos de la derecha popular y la desmoralizante izquierda

¿Qué sucedió en la Comunidad de Madrid? El revés que en las pasadas elecciones (4M) sufrieron las fuerzas regionales de la izquierda fue brutal, con consecuencias que, además, en los días por venir seguro tendrán efectos desmoralizantes aún imprevisibles en las preferencias electorales de las capas populares de cara a los comicios del 2023. Pero, además, por si dicha debacle no fuese lo suficientemente grave en y por sí misma para asegurar un proceso de continuidad en el gobierno nacional para los siguientes años, por otra parte, la reorganización y la reconstitución de las que se vio beneficiado el Partido Popular son igual de alarmantes, pues aunque su aliado estratégico en las más recientes elecciones, VOX, no se fortaleció este 4M, al final, es el proyecto político e ideológico abanderado por este partido el que en verdad ha salido beneficiado con creces en estas votaciones.

Hasta cierto punto, de hecho, el panorama general de los resultados de las votaciones locales en Madrid no sorprende (pese a la fortaleza con la cual tanto el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) cuanto Podemos resultaron victoriosos en las contiendas de hace dos años, en 2019) si, por principio de cuentas, se recuerda que en una de las localidades en las que las izquierdas radicales suelen ser las victoriosas (Cataluña), en los comicios de febrero pasado (14F) fue la extrema derecha; esto es, el partido ultranacionalista VOX, la que más resultó fortalecida ¡y, precisamente, en una entidad separatista del Estado español!

Y es que, si bien es verdad que en las elecciones parlamentarias de Cataluña, por un lado, el Partido Popular (PP) perdió presencia y quedó en las últimas posiciones de las preferencias ciudadanas; y, por el otro, VOX quedó como cuarta fuerza política, con apenas once escaños conquistados; lo que desde entonces se alcanzaba a apreciar era que los contenidos ideológicos de VOX eran los que ya comenzaban a parasitar con mayor insistencia y sistematicidad a las propias plataformas políticas de otros partidos, como Ciudadanos y, por supuesto, el PP. Es decir, en la contienda catalana, los dos rasgos de las fuerzas políticas de la derecha que empezaban a ser claros e ineludibles eran, en primera instancia, que VOX, a pesar de ser una formación relativamente joven dentro del juego partidista nacional de España, en muy poco tiempo estaba logrando conquistar posiciones de dirección política por cuenta propia, sin la necesidad de obtener apoyos de ninguna naturaleza por parte de otros institutos políticos; es decir, en Cataluña se hizo claro que VOX avanza a pasos agigantados por el sendero de su emancipación, reivindicándose a sí mismo como un partido con fuerza y capacidad de incidencia por méritos propios.

En segundo lugar, y lo que resultaba ser aún más preocupante para las izquierdas españolas, nacionales y regionales, era que comenzaba a quedar claro que el Partido Popular, con miras a garantizar su propia supervivencia política tanto en el plano local cuanto en el nacional, asimismo, había empezado a desplazar sus propios contenidos ideológicos y sus agendas programáticas cada vez más hacia la derecha, colindando muy de cerca con algunas de las posturas más moderadas de VOX en el espectro de la extrema derecha conservadora. Así pues, en esa línea de ideas, lo que ya era un hecho es que el PP se encontraba avanzando por un camino en el que, de cierto modo, reconocía que en las propuestas más matizadas de VOX se hallaba un campo de experimentación con promesas sumamente prolíficas para su propia continuidad como una fuerza política y partidista mayoritaria en las distintas escalas geográficas de la contienda electoral española.

Y es que, aunque VOX es una fuerza política representativa de la extrema derecha de tipo neoliberal y el PP es más bien una fuerza de derecha de tipo conservadora (con sus propios núcleos de extrema, pero sin duda predominantemente un partido que tiende hacia el centro), lo cual implica que entre ambas apuestas se abren distancias y existen diferencias ideológicas y programáticas importantes (pues la derecha, por muy derecha que sea, no es toda ella homogénea y las condiciones de su articulación no dependen de una suerte de espontaneísmo mecanicista), al final del día, por lo menos para el PP, esas distinciones entre una y otra alternativa no han constituido impedimento alguno, en los últimos meses, para que éste partido adopte posturas más radicales o cargadas hacia los extremos dentro del espectro de esa misma derecha.

¿No es, acaso, indicativo de ese desplazamiento político-ideológico del PP las declaraciones que su abanderada a las elecciones de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha emitido en reiteradas ocasiones y con especial profusión e insistencia en el periodo de campañas previas al 4M, en referencia a la necesaria reivindicación del fascismo como una opción política legítima, justa y adecuada para las y los españoles en tiempos de crisis? ¿No fue ella misma quien llegó a afirmar, al respecto, que «cuando te llaman fascista sabes que lo están haciendo bien; estás en el lado correcto de la historia»? ¿Cómo seguir argumentando y defendiendo la idea de que el VOX es el único partido representante de la extrema derecha española y que el PP es más bien una versión moderada —de centro— de la derecha conservadora cuando son sus figuras punteras en las elecciones las primeras en reivindicar el proyecto histórico del fascismo y del franquismo?

Qué tanto la ciudadanía española, el electorado de aquel Estado, es consciente de que el PP, por lo menos en lo que respecta a la figura de Ayuso, ha dejado de ser la marca identitaria de la centroderecha, eso, sin duda, es algo que no queda del todo claro, pues la atención sobre las formas ultras y extremas de la derecha se ha centrado tanto en los últimos años en VOX que, al final, ha quedado poco espacio para profundizar en las mutaciones ideológicas del PP y de sus bases sociales de apoyo. Sin embargo, habría que señalar aquí que, si la transformación y el desplazamiento realizado por el PP en estos años no se ha alcanzado a percibir con toda claridad y visibilizando sus más perniciosas consecuencias, en estas elecciones (4M), si la ciudadanía salió a votar por el PP y le concedió la tremenda victoria que al final de la jornada obtuvo, pensando que con ello se estaba decantando por una opción moderada, para no tener que optar por los extremos, entonces el electorado español cometió un enorme error de cálculo que estratégicamente tiene todo el potencial para resultar en una catástrofe en lo que respecta a la definición de los comicios del 2023.

Es en ese sentido, pues, que el crecimiento marginal de VOX en Madrid (con apenas un escaño más de los obtenidos en 2019) es relativo si la victoria del PP se lee como el triunfo de un proyecto de derechas que en varios sentidos rebasa los márgenes del propio instituto presidido por Santiago Abascal.

Ahora bien, ¿por qué, en primera instancia, el PSOE y, sobre todo, Podemos, resultaron tan abatidos en los comicios del 4M? Las razones, sin duda, son múltiples y requieren de un análisis más a profundidad que sólo será posible llevar a cabo con el paso del tiempo. Sin embargo, lo que es un hecho es que en su debacle influyeron tres factores principales: el accidentado manejo de la pandemia (con todo y que los mayores obstáculos fueron producto de los posicionamientos adoptados por las derechas nacionales en el parlamento: como en el caso del bloqueo al ingreso básico universal); lo poco que se realizó para mejorar las condiciones materiales de las capas populares de la población (como en lo relativo a los incrementos salariales y la mejora de las condiciones laborales de las y los trabajadores) y, en no menor medida, debido, también, a las posturas represivas que se adoptaron en materia de libertades civiles y políticas.

No es, por supuesto, que el gobierno de coalición del PSOE y Podemos no hiciese nada distinto en los dos años que lleva gobernando al Estado español. En realidad, las distancias son muchas en una diversidad y multiplicidad de agendas pendientes. Sin embargo, en temas que resultaban claves, coyunturales en el mapa electoral previo a 2019, las continuidades han sido más y más persistentes que las rupturas. Ello, sobre todo, es aún más patente cuando se observan los compromisos a los que llegan el PSOE y el PP en materias como las concernientes al combate a la corrupción de la monarquía. Sin embargo, ahí los desencuentros son mayores en lo que respecta a Podemos, que en ese y otros asuntos ha tendido a defender posicionamientos más radicales y rupturistas.

Al final del día, sin embargo, lo que hace más devastadora a la jornada electoral del 4M es que una de las principales figuras de Podemos (cuarta fuerza política a nivel nacional), Pablo Iglesias, decidió retirarse de la política tras haber quedado en último lugar de las preferencias de la ciudadanía, apenas por detrás de Ciudadanos (que en Madrid ha perdido representación por no alcanzar el mínimo de votación requerido). Y es en verdad devastadora la noticia porque si bien es verdad que el Partido cuenta con más liderazgos (como el caso de Yolanda Díaz), el fondo de la cuestión es que el mensaje que envía la renuncia de Iglesias es el de la claudicación ética y política de la izquierda ante la primera derrota que se sufre y, lo que lo hace peor, es que dicha claudicación se da en el marco de un contexto europeo en el que el fortalecimiento de la derecha y sus formas ultras y extremas es cada vez mayor. Es, por eso, profundamente desmoralizante que en lugar de mantenerse en la disputa, figuras de la izquierda como Iglesias decidan simplemente rendirse.