Cataluña: entre izquierdas fragmentadas y el ascenso de VOX

A finales del 2017, Cataluña se colocó en el centro de múltiples debates a nivel internacional debido a las movilizaciones masivas que en aquel momento tuvieron lugar, gracias a un repunte sin precedentes en el sentimiento autonómico e independentista de la población que habita dicha comunidad, ubicada al noreste de la península ibérica, haciendo frontera con el territorio francés. Poco más de tres años y una epidemia de SARS-Cov-2 después, el 14 de febrero del 2021 se celebraron elecciones regionales para renovar el Parlament y, a juzgar por los resultados de la jornada, entre las pocas certezas que es posible vislumbrar acerca de las tensiones y la crisis política por la que atraviesan España, en general; y Cataluña, en particular; se hallan dos: las fuerzas del independentismo han crecido como nunca antes en la historia reciente del país, pero la derecha nacionalista, en una de sus expresiones más reaccionarias, también.

Ahora bien, ¿por qué, en principio, importa saber los resultados electorales de una región que, en términos territoriales, es relativamente pequeña y que, por lo menos en el discurso oficial de una enorme diversidad de medios de comunicación europeos, su importancia se debe más a la concentración de capitales y a su peso específico en el producto interno bruto de España que a la larga historia de reivindicaciones autonomistas de las que ha sido sujeto la comunidad catalana? Más allá de toda consideración concerniente al rol de mercado que juegan las firmas y las marcas catalanas en las economías de España y de Europa (aunque sus nervios más profundos también se extienden a diversas latitudes de las periferias globales), que sin duda son un factor explicativo fundamental (sobre todo para la racionalidad neoliberal), lo que resulta esencial, hoy, comprender del proceso político que se vive en aquella región autónoma es que los resultados obtenidos en las urnas por parte de los principales partidos políticos imbricados en dicha disputa son indicativos del estado en el que se encuentran las fuerzas políticas de izquierda en España y del avance que frente a ellas comienzan a tener los intereses de la extrema derecha nacional.

Y es que, en efecto, a pesar de que ha sido el bloque independentista, en sus diferentes espectros ideológicos, la fuerza en disputa que más se terminó fortaleciendo en los pasados tres años, llegando a rebasar, por más de veinte escaños (dependiendo de la coalición partidista a la que recurra para formar gobierno) el margen de la mayoría absoluta, el dato que resulta realmente trascendente de los pasados comicios es que la extrema derecha neoliberal española, institucionalizada en VOX, pasó de tener cero representación en el Parlament en 2017 a conquistar, este año, once escaños, lo que supone, entre otras cosas, que VOX es ahora la cuarta fuerza política en la región, con un apoyo efectivo de poco menos del 10% del electorado catalán. Y si bien es verdad que los números parecen ser menores, si se los contrasta con el hecho de que las primeras tres fuerzas políticas del legislativo de Cataluña obtuvieron poco más de treinta representantes cada una, en los hechos, el triunfo de VOX en las parlamentarias resulta ser mayor.

Pero eso no es todo. En cualquier otro contexto, el que VOX haya conseguido tales niveles de presencia no sólo en el órgano legislativo catalán, sino, en general, en el espectro institucional más amplio que es la Generalitat, probablemente habría pasado desapercibido habida cuenta de la profunda polarización política que históricamente se ha presentado entre las opciones de una Cataluña soberana e independiente, por un lado; y una Cataluña sí autónoma, pero parte constitutiva y constituyente, al final, del Estado español, por el otro. En la región, después de todo, las divergencias entre el independentismo y el integrismo nacional español han dado muestras diversas de los grados de radicalización a los que es posible llevar la disputa electoral en momentos de crisis particulares o de coyunturas nacionales un tanto más amplias.

Leída la victoria de VOX entre esas coordenadas, en ese sentido, no tendría ningún inconveniente para interpretarse como un ciclo más de polarización, típico de la sociedad catalana, que con seguridad tendería a distenderse en los años por venir y, muy probablemente, a ser corregido por un siguiente ciclo en el que la izquierda moderada y la más combativa se logren imponer de nuevo. La cuestión de fondo es, sin embargo, que el contexto imperante en España y en una enorme extensión de la Europa continental no permite realizar una apreciación así de simplista del éxito que VOX cultivó en estos tres años, tanto en España como en la propia Cataluña. Después de todo, no debe pasarse por alto el reconocimiento explícito de que las extremas derechas europeas llevan poco más de una década cultivando éxito tras éxito en sus márgenes de representación institucional, lo mismo en los poderes ejecutivos que en los legislativos de distintos Estados del continente.

Pero más allá de eso, resulta fundamental comprender que el enorme crecimiento de VOX se da, en España, en un momento en el que las fuerzas políticas de izquierda lograron, luego de pasar por enormes dificultades para llegar a un consenso que les fortaleciese, formar un gobierno de coalición, que si bien es cierto que en su seno predominan las posturas que tienden a gravitar más alrededor del centro, en algunos asuntos no menores han sido las posiciones más alejadas de ese centro las que han ido ganando terreno cada vez más con mayor claridad y firmeza. De ahí que el triunfo electoral de VOX en Cataluña sea, en efecto, indicativo de la radicalización a la que escaló, en los pasados tres años, el integrismo nacional español que predican enormes sectores de la población catalana, pero también que lo sea de la polarización mucho más general que se experimenta en el resto del territorio español.

Así pues, puestos los resultados electorales de Cataluña en perspectiva nacional, uno de los primeros rasgos que es importante hacer notar tiene que ver con la creciente tendencia de VOX a independizarse, por lo menos en el plano local, de sus principales alianzas electorales con otros partidos: como Ciudadanos y el Partido Popular, que en años anteriores se sirvieron de los márgenes de representación legislativa alcanzados por el instituto que preside Santiago Abascal para formar gobiernos de coalición en contra del crecimiento de las izquierdas (fundamentalmente Unidas Podemos y el Partido Socialista Obrero Español). De ello da cuenta el hecho de que haya sido VOX, por sí mismo, quien consiguiese esos once escaños de los que ahora dispone en el Parlament, pero más aún, de ello es indicativa la enorme derrota que sufrieron justo esos dos partidos (el Partido Popular y Ciudadanos). Y es que si bien es cierto que el Partido Popular perdió apenas un escaño, en el caso de Ciudadanos se pasó de ser la primera fuerza política del Parlament en 20017, con treinta y seis escaños (25.35% de las preferencias electorales) a conservar apenas seis representantes populares en el legislativo catalán.

Como a niveles nacional, pues, lo que parece estar aconteciendo en el nivel de las masas ciudadanas es que éstas comienzan a alejarse cada vez más de las posturas de centro para optar por alternativas con posturas más decantadas hacia los extremos. Si esa dinámica lectoral es o no una tendencia de largo plazo que en los años por venir únicamente buscará confirmarse y profundizarse, eso es algo que aún está por verse, sobre todo, dados los enormes esfuerzos que los partidos de centroizquierda están realizando para contener y en algunos casos mitigar la radicalización de ciertos sectores de la población, en particular debido a los enormes estragos que los estados de excepción sanitaria han causado por todas partes en Europa desde su instauración en el primer trimestre del 2020.

El problema es, no obstante lo anterior, que, en los hechos, un electorado cada vez más distanciado del centro ideológico no tiene el mismo efecto en la reconfiguración ideológica que produce entre los partidos de derecha moderada (centroderecha) que el que causa en los de izquierda. En efecto, mientras que para la izquierda una radicalización del electorado hacia los extremos implica, hasta cierto punto, la imposibilidad de construir consensos cada vez más amplios y, en la mayor parte de las ocasiones, realizar concesiones sumamente onerosas para cualquier proyecto de continuidad que se planteen; para la derecha europea, por otro lado, en estos momentos, una ciudadanía que en las urnas se decanta cada vez más por las ultras o extremas derechas implica un reacomodo de la derecha moderada hacia posturas cada vez más próximas o parecidas a las de sus extremos ideológicos.

Es decir, contrario al balance general que domina los análisis de sendos sectores de la comentocracia occidental, no son los partidos de centro los que operan para arrastrar hacia sus posiciones y moderar a las extremas derechas regionales, sino que, antes bien, son las ultras y extremas derechas europeas —lo mismo las liberales que las conservadoras; aunque los triunfos cultivados son en mayor medida producto de las corrientes liberales, antes que de las conservadoras— las que arrastran hacia su orbita y radicalizan cada día más a los centros, aprovechando la desesperación de sus miembros derivada de la pérdida de posiciones de poder ante la cual se enfrentan. Si Cataluña es indicativo de un panorama nacional en España, entonces, con toda probabilidad lo es de la manera en que en el plano local de la política serán el Partido Popular y Ciudadanos quienes, a contracorriente de lo acontecido en los últimos años, dependerán de nuevas alianzas con VOX para su propia supervivencia o para lograr afianzar posiciones de poder estratégicas en algunos ámbitos de vital interés. No debe olvidarse, después de todo, que si bien Ciudadanos es un partido minoritario a nivel nacional (con apenas diez representantes), VOX es la tercera fuerza mayoritaria del legislativo (con cincuenta y dos congresistas), apenas treinta y seis diputaciones por debajo del Partido Popular.

Sí o sí, en las siguientes jornadas electorales que se presenten en el país, ya sean de carácter local o nacionales, si los institutos políticos de centroderecha quieren mantener márgenes amplios de manobra en el Congreso y configurar alguna suerte de contrapeso a un posible gobierno de continuidad del PSOE y PODEMOS, estos deberán de ir en alianza o coalición estratégica con Vox, en ambos planos de la política, y es esa relación de mutua dependencia, justo, lo que sigue fortaleciendo a la extrema derecha española, inclusive ahí en donde el independentismo y algunas de las más férreas posturas de intransigencia de la izquierda autonómica han sido históricamente dominantes, como en Cataluña.

Por lo pronto, una cosa es segura, el que haya sido la izquierda socialista (PSC) la fuerza política que más se fortaleció en Cataluña apunta a ser una suerte de refrendo local de la gestión de Pedro Sánchez (Podemos-PSOE) en lo que va de su gobierno. Y aunque la sociedad catalana es una especie de microcosmos con una serie de especificidades históricas, económicas, políticas y culturales que la distinguen del resto de la población en España, las probabilidades de que ese sentir no sea estrictamente propio de dicha región autónoma, sino más bien un balance común, compartido, en otras partes del Estado español, son grandes y parecen sólidas.

De cualquier manera, no obstante, en términos de la autodeterminación y la soberanía catalana, que sea el PSOE la fuerza que contrala el aparato gubernamental español y que sea el PSC el partido político que quizá llegue a dirigir a la Generalitat catalana no implica, en automático, que las aspiraciones independentistas de la sociedad catalana se lleguen a realizar con mayor facilidad, frente a los enormes embates que han tenido que sufrir ante administraciones como la de Mariano Rajoy. Y es que, tanto los liderazgos nacionales de PODEMOS y el PSOE cuanto las figuras principales del Partido de los Socialistas de Cataluña (Salvador Illa) han dejado en claro que la emancipación de la comunidad autónoma es un peligro; razón por la cual una alianza con la Esquerra Republicana de Catalunya (segundo partido mayoritario en el Parlament, con el mismo número de escaños que el PSC) no se aprecia como victoriosa en el corto o el mediano plazo.

Es en ese sentido que la victoria del socialismo catalán aunque significa un movimiento estratégico para la izquierda nacional española (en particular para el gobierno actual, con todo y sus coaliciones), ello no implica que sea un triunfo, asimismo, para el independentismo de Cataluña. Lo que es un hecho es que Esquerra Republicana y Junts per Catalunya cuentan, en conjunto, con sesenta y cinco escaños, apenas tres diputaciones por debajo de la mayoría absoluta. Sin duda esa articulación de plataformas de gobierno jugará un rol de vital importancia en los años por venir de la Generalitat y en la dimensión programática del independentismo de la región. La izquierda, pues, como en muchas otras latitudes del planeta, llega a gobernar con profundas divisiones entre sus diferentes expresiones, mismas que la vuelven profundamente vulnerable al vertiginoso ascenso de las extremas derechas que la asedian por todas partes.