Palestina y el antisemitismo judío

El mundo ha redescubierto la miseria y el sufrimiento en los que vive el pueblo palestino. No es ésta, por supuesto, la primera ocasión en que voltea su mirada hacia Oriente Medio, hacia los territorios que se disputan los tres grandes monoteísmos de Occidente: el cristianismo, el judaísmo y el islam. De vez en vez, de hecho, alguna coyuntura regional estalla y, entonces, gran parte de la comunidad internacional presta atención, aunque sea por un instante, a lo que sucede día con día en la zona. La violencia, la explotación, la devastación y la aniquilación del pueblo palestino, llevada a cabo por el gobierno de Israel, es cotidiana y no puramente coyuntural. Sin embargo, y a pesar de esa sistematicidad, que Palestina sea noticia sólo en las coyunturas es ya un signo que por sí mismo retrata de cuerpo entero la tragedia que vive esta sociedad: la soledad en la que se halla, en su lucha por existir como un Estado soberano. De ahí que, ahora que vuelve a ser el centro de innumerables discusiones, el mundo deba de aprovechar la atención de la que es objeto para impulsar una mayor visibilización y toma de conciencia sobre su tragedia.

Palestina es noticia, tema de conversación. Y a pesar de que a menudo, en Occidente, lo es sólo de manera tangencial, como el correlato sin importancia de lo que acontece en Israel, de lo que se dice en Israel, de las decisiones que toma el gobierno de Israel, su causa hoy se vuelve a mostrar con toda su crudeza, ante la mirada de quienes ya sabían lo que sucedía, pero lo habían olvidado; o ante los ojos de quienes no sabían lo que sucedía, y ahora tienen la posibilidad de tomar partido. Asombro o indolencia, impotencia o indignación. Cualesquiera que sean los sentimientos que la noticia de Palestina despierte, hoy su sufrimiento es tendencia; y lo es tanto, que pronto el morbo se ha instituido como el filtro de comunicación a través del cual se replican las informaciones que sobre el conflicto circulan en los medios internacionales.

En la prensa, en la radio y la televisión occidentales, por cierto, además del morbo, es una constante el que las noticias sobre la violencia que avasalla a los palestinos y las palestinas se presenten, por un lado, como la justa respuesta de un Estado (Israel) amenazado constantemente en su mera existencia por una multiplicidad de enemigos terroristas, antisemitas por definición; y por el otro, poniendo énfasis en las vidas israelíes que se pierden en los enfrentamientos, invisibilizando sus equivalentes en el lado palestino de la ecuación. Los israelíes, así, a menudo aparecen como víctimas que son asesinadas, mientras que los palestinos y las palestinas aparecen como objetivos abatidos, líderes rebeldes que mueren, guerrilleros neutralizados, terroristas eliminados, etcétera.

El discurso hegemónico acerca de la situación palestina, en ese sentido, aparenta ser neutral, debido a que presenta de manera simétrica las numerarias que se presentan en ambos lados de la ecuación: cantidad de víctimas, de muertes, de ataques, de respuestas, etcétera. Sin embargo, el contenido moral inscrito en ese discurso muestra otra cosa: da cuenta, en realidad, de que el fiel de la balanza está cargado conscientemente hacia uno de los dos lados, pues son los israelíes quienes a menudo son presentados como sujetos políticos y morales, miembros de una civilización y una cultura ancestral que en innumerables ocasiones han tenido que resistir los proyectos que abierta o veladamente se han propuesto negar la existencia del judaísmo en la Historia universal. Los palestinos y las palestinas, por lo contrario, aparecen como bárbaros, como los vestigios aún vivos de unas formas de vida arcaicas que se han resistido a su desaparición, a abrazar el estilo de vida occidental, sus valores y su cultura. De ahí que la sociedad palestina, con frecuencia, no sea presentada a la comunidad internacional como un sujeto político, moral e histórico cuya existencia también ha sido negada incontables ocasiones a lo largo de, por lo menos, los últimos quinientos años de historia.

En gran medida, el que los medios de comunicación presenten veladamente esa asimetría y la jerarquía a partir de la cual se le da prioridad a Israel por encima de Palestina se explica, en los tiempos recientes, debido a la efectividad con la que el discurso en contra del terrorismo ha penetrado en los imaginarios colectivos nacionales de Occidente, constituyéndose como un sentido común ya escasamente cuestionado. Si la población palestina es vista por la generalidad de la comunidad internacional, en Occidente, como una amenaza a Israel, en ese sentido, eso se debe a que se parte de su reconocimiento como un pueblo fundamentalista, retrógrado, barbárico, cuyos usos y costumbres son los que más distancias y diferencias guardan respecto de los usos y costumbres de Occidente.

¡Si en algún espacio ha hecho un daño tan profundo y hasta ahora irreparable el discurso occidental en contra del terrorismo (de autoría intelectual estadounidense, con su famosísimo Clash of Civilizations), ese lugar es la conciencia de sus propias sociedades, que ya no son capaces de observar en el árabe musulmán a otra cosa que no sea un potencial enemigo al que hay que eliminar! Y si ese rechazo, esa percepción de la sociedad palestina como una Otredad (que es, en lo más hondo de sí, la antítesis de Occidente), no se presenta de igual manera en el caso de la percepción israelí, ello se debe a que entre las raíces más potentes de la cultura Occidental, además del cristianismo, se halla el judaísmo. Pero esto no sólo y no fundamentalmente en lo concerniente a los problemas de la fe y de la religión, sino, sobre todo, en ese ámbito de la socialidad mucho más amplio y complejo que se desdobla en la vida secular de las comunidades.

El Estado de Israel (y todo el pueblo judío, en sentido amplio) además, cuenta con una moneda de cambio de la que no dispone el pueblo palestino (o por lo menos no en la conciencia de las sociedades occidentales contemporáneas): el fantasma del Holocausto; es decir, el recuerdo de un exterminio sistemático en masa de millones de judíos y de judías por el simple hecho de ser eso: una comunidad judía. Y es que, en efecto, buscando prevenir la emergencia de fenómenos similares a los que se sucedieron al interior de Europa, en la primera mitad del siglo XX, dentro del marco de acontecimientos que acompañaron a la guerra, Occidente, de la mano de las y los supervivientes judíos a la Shoá, buscó combatir, por todos los medios a su alcance, el negacionismo que siguió a la disolución del nacionalsocialismo alemán. Y la realidad es que dicha empresa no era para menos: debido a que gran parte del complejo de campos de concentración del Tercer Reich fue desmantelado por el propio régimen nazi previo a su capitulación ante el avance de las potencias aliadas en el continente, el riesgo que se corría, en los años por venir, era que, al no contarse con un conjunto de pruebas lo suficientemente fiables de lo que significaba la operación de la Solución Final al problema judío, el resto del mundo y la propia Europa se postrasen con desdén o incredulidad ante los testimonio de quienes habían presenciado la brutalidad del complejo industrial de exterminio humano del nacionalsocialismo.

No debe pasarse por alto, después de todo, que las pruebas documentales y el registro audiovisual con el que se cuenta, hasta la fecha, es apenas representativo de lo que ocurría en algunos de los más famosos e infames campos de concentración, como Dachau o Auschwitz. Y que lo único que a lo largo de los años le ha conferido coherencia discursiva y profundidad argumental a esos vestigios son los testimonios de quienes sobrevivieron a su confinamiento en alguno de esos espacios de excepción, con la dificultad añadida de que el océano de recuerdos documentados con el tiempo a menudo resultaba ser caótico, contradictorio, incompleto, falto de congruencia en muchas de sus partes o, inclusive, inventado (lo cual se explica, sin duda, debido a la falibilidad misma de la memoria y de sus limitadas capacidades de recordar en la medida en que avanzan los años, pero también, y sobre todo, debido a las estrategias de supervivencia de las que se valieron los testimonios luego de su liberación: lo cual incluye la imposibilidad de vivir su propio duelo, bloqueos emocionales, traumas, imposibilidad de reactivar dolores y angustias añejas, etc.).

En el origen del recuento de los daños y de la reconstrucción cultural occidental que se llevó a cabo con posterioridad al trauma que significaron los totalitarismos europeos, pues, en el recuerdo del Holocausto y el trabajo permanente de la memoria colectiva sobre el exterminio humano que se llevó a cabo en el seno mismo de la civilización contemporánea estuvo el objetivo de saber por qué Occidente había caído por tal abismo, de tal suerte que nada similar volviese a ocurrir en los años por venir.

Ahora bien, no obstante la nobleza del acto originario sobre la cual se fundó la memoria universal acerca de la Shoá (universal en el sentido de que ha llegado a colonizar al grueso de los discursos históricos que se enuncian sobre dichos acontecimientos, siendo el pueblo judío el que reclama para sí la autoridad indivisible sobre esa historia y la autoría intelectual de todo cuanto se diga sobre el Holocausto nazi y pretenda ser legítimo), lo que es un hecho es que, con el paso de los años, y en la medida en que el Estado de Israel (cuya constitución político-administrativa vigente es resultado del colonialismo europeo en Oriente Medio, más allá de las raíces históricas que el judaísmo hunde en esos territorios) la sociedad política de aquel Estado (Israel) se apropió de la narrativa que denunciaba los crímenes de lesa humanidad de los que había sido objeto su comunidad ya no sólo con el fin legítimo de seguir creando conciencia sobre la supremacía de los abismos totalitarios que abrió la cultura occidental en su seno, sino, además y sobre todo, con la finalidad de justificar y de legitimar sus propios excesos en la tarea de configurarse como un Estado autónomo, libre y soberano, en el medio de una región cuya característica más palmaria es que el grueso de sociedades nacionales que la habitan son árabes o musulmanas, en sus diversas variantes.

Así pues, montados sobre el recuerdo del exterminio judío (que ahora, además, se extendía hasta los albores del Imperio romano y la persecución del cristianismo desde el siglo I hasta el V), los sucesivos gobiernos del novísimo Estado de Israel (y una parte mayoritaria del pueblo judío, dentro de de él y residente en otros Estados), viviendo aún en carne propia los efectos más traumatizantes del recuerdo del Holocausto, se valió de la explotación de la moral que iba implícita en los testimonios de las y los sobrevivientes de la Shoá para justificar y legitimar cualquier medida que fuese necesaria para que su comunidad no volviese a ser objeto de ninguna Solución Final esgrimida en su contra. Así fue como se explicaron, por ejemplo, las diversas guerras en las que se embarcó desde 1948 en adelante.

Occidente, mientras tanto, ante los abusos cometidos por los gobiernos de Israel, por supuesto, la mayoría de las ocasiones condenó débil y ambiguamente, guardó silencio o endorsó y acompañó las medidas implementadas por aquel Estado para garantizar su existencia; en parte porque desde el comienzo de sus expansiones coloniales modernas-capitalistas ha asumido que las sociedades no-occidentales son representativas de un estadio cultural, histórico y civilizatorio inferior a aquel en el cual se encuentran comunidades como las de Francia, Inglaterra, Alemania o Estados Unidos. Pero actuó de esas formas, también, debido a que haberlo hecho de manera distinta habría implicado hacerle saber al mundo (y, sobre todo, al mundo judío) que, en el fondo, nada había cambiado desde los años 1933-1945, y que Europa seguía siendo indolente ante el reclamo del judaísmo de existir como una comunidad más entre el concierto de las naciones. Evitando lidiar en serio y a profundidad con su propia responsabilidad en el exterminio de judíos y de judías a manos de sus totalitarismos, así, Occidente concedió cualquier abuso perpetrado por Israel en contra de los Estados vecinos.

En los hechos, la combinación del supremacismo y del fundamentalismo civilizatorio Occidental, que observa en el resto del mundo un feudo de proporciones planetarias disponible para ser colonizado por sus capitales, su cultura, sus instituciones y sus valores, por un lado; y la incapacidad de Europa de lidiar con las consecuencias totalitarias a las que ese supremacismo y fundamentalismo la habían arrastrado, por el otro; tuvo como consecuencia primera, en Oriente Medio, el despojar a la comunidad palestina de su condición de sujetos políticos, morales e históricos autónomos, libres y soberanos. De ahí que la durante tanto tiempo defendida y vomitada solución de los dos Estados no haya sido, desde su origen y hasta ahora, poco más que un mal chiste y un acto de hipocresía: ¡Palestina nunca fue reconocida, desde el comienzo, como un Estado-moderno de pleno derecho: para llegar a serlo tenía que atravesar por un largo proceso en el que se llenasen los estándares y las exigencias reclamadas por Occidente para ser reconocido como tal! A Israel nunca se le pidió eso. Se lo fundó como Estado-nación soberano incluso antes de serlo en los hechos, sobre el terreno.

Entender lo que hoy acontece en Palestina, la violencia brutal de la que es objeto no sólo en esta coyuntura, sino desde hace décadas, sin captar, al mismo tiempo, los usos hipócritas que de la historia hacen cierta parte de la comunidad judía y los gobiernos de Israel es lo que ha conducido, en incontables ocasiones, a que múltiples y diversas voces guarden silencio o sean silenciadas por la fuerza, de cara a las agresiones cometidas por Israel en contra de Palestina, porque al elevar cualquier crítica en contra del Estado judío se da por sentado que se es antisemita, fascista o nacionalsocialista: para todos los efectos, un verdugo en potencia de las y los mártires judíos. A Occidente y a una parte considerable de la comunidad judía, al respecto, parece olvidárseles que el antisemitismo, en sus raíces, no era un tipo de fundamentalismo en contra únicamente del pueblo judío: durante siglos, para la Europa cristiana, las poblaciones semitas también incluían a las comunidades árabes musulmanas.

Pero más aún, en esa crítica que pretende silenciar a las voces que, a su vez, sean críticas con los actos del gobierno de Israel en contra de palestinas y de palestinos, calificándolas, precisamente, de antisemitas, se escapa el reconocimiento de que las poblaciones árabes no están exentas de realizarle reclamos históricos a Occidente por sus actos en Oriente Medio. Y es que, en efecto, esto último se hace particularmente patente cuando en el acto de justificar una agresión por parte de Israel se argumenta que en el origen de los tiempos y en el origen de cada embestida israelí se halla, antes, un acto de provocación y/o de violencia por parte de árabes y musulmanes; de tal suerte que, al final del día, lo que queda es simplemente la defensa legítima de Israel ante una provocación inicial por parte de sus enemigos.

Relatos como ese, no sobra señalarlo, son los que a menudo justifican los actos del presente por intermediación de injusticias bíblicas cometidas en los tiempos de Moisés y el éxodo judío de Egipto. Pero relatos como esos, además, son los que, en el fondo, llevan de suyo la exigencia israelí de que, para conseguir paz en la región, es condición indispensable que la sociedad palestina desaparezca: pues lleva en sus genes la marca de la intolerancia que la tradición teológica del judaísmo reconoce como el origen de todas sus calamidades: el pueblo de Dios durante milenios condenado a no ser más que una colonia de siervos al servicio de árabes y musulmanes, de europeos y cristianos, etcétera.

¿Hasta cuándo lo acontecido en los tiempos de Moisés o de Hitler servirá a Israel para justificar y legitimar actos que, la mayoría de las veces, emulan aquellos de los que judíos y judías fueron víctimas en carne propia? ¿hasta cuándo se dejará de acusar de antisemitas y negacionistas a quienes no comulgan con la violencia que despliega Israel sobre Palestina, reduciendo a esa comunidad a un despojo humano? ¿Hasta cuándo el semitismo israelí reconocerá su propio antisemitismo?

No son éstas meras preguntas retóricas, ni mucho menos. Si para los gobiernos de Israel y para buena parte de Occidente el problema de fondo de la cuestión Palestina es que en el origen de los tiempos fueron los árabes musulmanes quienes comenzaron las agresiones en contra del judaísmo, habría que esgrimir, ante tal argumento, que, fuera de la historia bíblica, fueron los Estados-modernos, capitalistas y colonialistas, los que, bajo el manto del cristianismo (apelando al reconocimiento de que su Dios es el único Dios verdadero) reordenaron a prácticamente la totalidad del planeta de acuerdo con sus diseños geopolíticos y sus agendas imperiales.

Y habría que recordar, además, en esa misma línea de ideas, algo que ya Aimé Césaire señalaba con abierta radicalidad hace cerca de medio siglo: «en el fondo lo que [el humanista de Occidente] no le perdona a Hitler no es el crimen en sí, el crimen contra el hombre, no es la humillación del hombre en sí, sino el crimen contra el hombre blanco, es la humillación del hombre blanco, y haber aplicado en Europa procedimientos colonialistas que hasta ahora solo concernían a los árabes de Argelia, a los coolies de la India y a los negros de África». Y habría que hacerlo con insistencia no sólo debido a que el trazo fronterizo del Estado de Israel es producto de esa misma colonización, que, valiéndose de su superioridad económica y militar, particionó un territorio de la forma más atroz concebible: como pensada para obligar a Israel a ocupar sus actuales fronteras sólo por el uso de la fuerza, del despojo y de la colonización de Palestina; y condenando, al mismo tiempo, a Palestina a desaparecer, eventualmente y (preferiblemente para Occidente e Israel) silenciosamente.

Habría que sostener ese reclamo de Césaire, hay que insistir, no sólo por esa causa, sino, además, porque es a través de ella que se vuelve posible pensar las consecuencias tan atroces que ha tenido el colonialismo Occidental ahí en donde se expandió: ya sea en América, África, Asia u Oriente Medio. Y es que, ¿acaso la humanidad no ha presenciado innumerables actos en los que Occidente se disculpa con el judaísmo por los horrores de su totalitarismo (sin asumir nunca la culpa, claro, pues al totalitarismo se lo piensa, en sí mismo, como un fenómeno excepcional en la historia occidental: algo que no es propio de su modelo civilizatorio), pero ninguno en el que esas mismas culturas y civilizaciones le pidan perdón a los vestigios de aquellas sobre la cuales descargaron lo más atroz de su colonialismo?

¿Cuántos perdones han recibido las poblaciones árabes por haberlas convertido en objeto de colonización, frente a los múltiples perdones que se han ofrecido a la comunidad judía por su casi exterminio en la Europa del siglo XX? ¿No fueron las expansiones coloniales de Europa por Asia, América, África y Oriente Medio empresas genocidas que acabaron con civilizaciones enteras? ¿Qué se requiere para escuchar a Occidente pedir perdón por haber llevado su civilización a las periferias globales valiéndose de la espada y la cruz: de plantaciones de esclavos, de santos oficios, de campos de concentración y de reclusión de mano de obra esclava?

Hoy, de cara a la coyuntura por la que atraviesan las palestinas y los palestinos, la comunidad internacional no únicamente tendría que estar poniendo en tela de juicio los sentidos comunes interiorizados en la cultura Occidental que impiden poner de manifiesto éstas y muchas otras críticas. Para resolver la violencia que hoy aqueja a Palestina es imprescindible que el mundo no vuelva a cometer el error que cometió cuando estalló el polvorín yugoslavo en los Balcanes: reducir la cuestión a un problema de carácter humanitario en el que, por un lado, todos los argumentos a esgrimir comiencen, transiten y se agoten en la condena excesivamente moralizante e hipócrita de los actos llevados a cabo por el gobierno de Israel; y, por el otro en el que la cuestión palestina se siga pensando a partir de la caracterización de las y los palestinos como la parte en la cual recaen los usos ilegítimos de la violencia.

Lo que acontece hoy en Israel no es una Guerra Civil, como desde distintos discursos mediáticos y en voces de la comentocracia proisraelí se quiere hacer parecer: las guerras civiles son conflictos internos en los que una parte de la sociedad civil busca constituirse como sociedad política, reclamando para sí la legitimidad indivisible del poder público y la dirección y el control de las estructuras estatales y sus respectivos andamiajes gubernamentales. Los palestinos y las palestinas no son sociedad civil de Israel, son una sociedad aparte, constitutiva del Estado Palestino (libre, autónomo, independiente: soberano por derecho propio, aunque un par de votos en el seno de Naciones Unidas impidan sistemáticamente su reconocimiento como tal). Y este Estado, hay que decirlo claro, se halla en situación de coloniaje bajo las fuerzas armadas israelíes.

Lo que sucede hoy en Israel no es una revuelta ilegítima de una parte de la sociedad que habita dentro de sus fronteras: es el Estado de Israel el que mantiene ocupada la mayor parte del territorio palestino. Tampoco es la consecuencia lógica del descontento de un grupo tribal minoritario en el seno de una civilización plenamente desarrollada, como gustan argumentar quienes mantienen una visión lineal, eurocentrista y racista de la historia. En el conflicto entre Israel y Palestina evidentemente de lo que se trata es de una agresión armada por parte de una potencia colonialista con capacidades financieras, diplomáticas, armamentistas y militares por mucho superiores a las del Estado palestino y sus distintas guerrillas y cuerpos armados.

Reducir esta agresión armada a una cuestión de carácter humanitario implica forzar a la comunidad palestina a mantenerse en la situación de coloniaje en la que hasta ahora se la ha sostenido y sobrevivido. Y por eso, ante el gobierno de Israel y esa porción de la comunidad judía que lo justifica en sus abusos (pues no todos los judíos y no todas las judías deben ser tomadas por igual, sin distingos de aquellas comunidades que se indignan ante los actos que realiza el gobierno del Estado que dice representarles), no basta con enérgicas condenas moralinas que dejan de lado las condiciones materiales, objetivas, que determinan la naturaleza misma del conflicto y la violencia que lo desborda. Seguir comparando al sionismo con el nacionalsocialismo, por eso, sirve de poco o de nada, porque no únicamente en ese tipo de lógicas argumentativas se pierden de vista los rasgos históricos específicos del nacionalsocialismo y de otros totalitarismos que le fueron contemporáneos, a principios del siglo XX; ahí, aunque queda desnuda y de cuerpo entero la hipocresía de la moral judía que se abraza a los espectros del Holocausto para hacerse valer, no se resuelve el tema de la agresión colonial y las consecuencias que de ello se deben desprender. El recuerdo del holocausto tiene que dejar de servir a Israel y a parte de la comunidad judía como el caballo de batalla del cual se pueden valer en cualquier momento para justificar y excusar sus propios fundamentalismos en contra de Palestina.