Perspectivas de la ultraderecha europea en 2021

2021 será, sin duda, un año decisivo para múltiples naciones alrededor del mundo, debido, como es posible deducir, a las consecuencias que tras de sí arrastrarán los gobiernos aún en turno, relativas a los excesos o las ligerezas que dominaron el actuar de cada Estado, por un lado, en la contención de la propagación de la pandemia causada por la nueva cepa de Coronavirus (SARS-CoV-2); y por el otro, en la minimización de los estragos económicos sufridos por sus respectivas poblaciones. Y es que, en efecto, sostener ciertos niveles de equilibrio entre el distanciamiento y el confinamiento social, de cara a las necesidades sociales de consumo, en ninguna parte del mundo ha sido sencillo, ni en las economías centrales ni, mucho menos, en las periféricas, donde las capacidades de producción y las necesidades de consumo colectivas se hallan, además, reducidas en sus grados de autonomía relativa, debido a su condición de dependencia estructural respecto de los vaivenes de las grandes potencias.

Pero que las regiones periféricas de la economía global sean las que se encuentren en una situación de franca desventaja en sus posibilidades de recuperación, en relación con el resto del mundo, no obstante, no quiere decir que ese primer mundo esté exento de dificultades serias en el año por venir. Y ello no sólo porque son claros los ejemplos que Estados como el estadounidense le han brindado al mundo, sobre cómo llevar al desastre absoluto la gestión de una situación de excepcionalidad sanitaria (epílogo, por lo demás, del drama que en Europa vivieron Francia, España e Italia en el mismo rubro), sino, sobre todo, porque en los siguientes doce meses una parte importante de Occidente atravesará o bien por la emergencia de nuevos proyectos de gobierno —como la asunción de Joseph Biden a la presidencia de Estados Unidos, acompañado de, al parecer, un control irrefutable de la Cámara de Representantes y del Senado— o bien por rondas electorales que serán decisivas para conocer las trayectorias que han de seguir esas sociedades en el futuro.

Es en esa situación, por ejemplo, en la que se halla una parte considerable de Europa, en donde, por lo menos, siete u ocho grandes procesos electorales se llevarán a cabo en Estados clave para definir el rumbo tanto de las sociedades nacionales en las que se celebrarán los comicios como del propio proyecto de la Unión Europea en cuestión. A saber: en Noruega, las elecciones parlamentarias, a celebrarse en el último trimestre del año; en Francia, los comicios regionales, sin fecha fija, pero planeados para concretarse a mediados del año; en Países Bajos, las votaciones generales, fechadas para marzo; en Portugal, las elecciones presidenciales, acordadas para finales de enero; en Bulgaria y República Checa, los comicios parlamentarios, fechadas para marzo y alrededor de octubre, respectivamente; en Gran Bretaña, las elecciones parlamentarias de Escocia y Gales y las elecciones locales de Inglaterra; en Alemania, las votaciones generales, también fechadas para el último trimestre del año.

El panorama es, pues, nutrido, yendo desde las escalas más locales, al interior de cada Estado, hasta los planos de mayor relevancia nacional, ya sea en un poder en particular o en una conjunción de varios poderes a ser electos. Por el peso específico de las naciones involucradas, tanto en lo que tiene que ver con la magnitud de sus mercados y su participación particular en el comercio internacional cuanto por lo referente a sus capacidades de determinación política, militar, diplomática, etc., en los asuntos de Europa, de Occidente y de otras partes del mundo, existen, por supuesto, procesos que son más relevantes que otros. Así, por ejemplo, las decisiones que se habrán de tomar en Francia y Alemania, en lo correspondiente a los destinos de la Europa continental, resultan ser de gran importancia porque en ellos se pondrán a prueba las tensiones y disputas que desde hace una década o poco más de tiempo se vienen zanjando entre proyectos políticos cada vez más polarizados hacia los extremos (en especial aquellos que militan en los espectros de la derecha radical). Y es que, dado el rol que juegan ambas potencias (dos de las más grandes de la Unión Europea) tanto en el plano regional cuanto en el internacional, de los resultados obtenidos se podría esperar lo mismo una radicalización de sus agendas neocoloniales que un relativo retraimiento hacia sus fronteras y asuntos domésticos.

En otros casos, como en los de República Checa y Bulgaria —para todos los efectos, zonas periféricas al interior de la propia Unión Europea—, debido a que no son grandes potencias con agendas neocoloniales desplegadas por todo el mundo, las modificaciones en sus andamiajes gubernamentales y en la constitución de la correlación de fuerzas que controle y dirija el Estado quizá no resulten ser de la mayor relevancia para otras regiones del planeta. Sin embargo, dados los recientes acontecimientos en los que se ha visto sumergida toda Europa, con un fenómeno de sistemática y acelerada reactivación y radicalización de movimientos de masas ultraconservadores y de extrema derecha, lo que suceda en esos relativamente pequeños Estados del continente, en realidad, termina siendo de vital importancia para el carácter que han de adquirir esos movimientos en el plano local (nacional) y su fortalecimiento internacional (en su correlación con otras plataformas a escala continental).

Y está el caso singularísimo de la Gran Bretaña, que podría enfrentar un fortalecimiento de las posiciones de fuerza de los movimientos nacionalistas en Escocia y una aún mayor oposición conservadora en Gales, dificultando aún más la consecución de consensos generales que faciliten al Reino el finalizar su transición hacia una existencia por completo al margen de la institucionalidad de la Unión Europea.

Es decir, por donde se las observe, las rondas comiciales que los y las habitantes de Europa habrán de enfrentar en los meses por venir no son asuntos menores. Y es que, en efecto, el tema fundamental de estos comicios gira alrededor de la posibilidad de que los proyectos derechistas, ultraconservadores, se fortalezcan aún más en sus capacidades de acceder a puestos de dirección y de control del Estado y de su andamiaje gubernamental, pasado a ser más que simples movimientos de masas, sin un peso específico en el plano institucional. No debe pasarse por alto, después de todo, que los últimos diez años en la historia de la Unión Europea están marcados por los fantasmas de ese sistemático y progresivo fortalecimiento institucional de los movimientos sociales de extrema derecha, logrando, en el mejor de los escenarios, el registro o el crecimiento de partidos políticos con cobertura y alcances nacionales, en el peor, conquistar jefaturas de Estado y/o de gobierno, representaciones cualitativa y cuantitativamente sólidas en parlamentos locales y nacionales o, en ultima instancia, la titularidad de ciertas carteras (secretarías y/o ministerios) en el seno de sus respectivos poderes ejecutivos nacionales.

Ello, por supuesto, no se ha dado de la nada. En gran medida, la enorme fortaleza a la que han llegado algunas de esas plataformas políticas de extrema derecha se debe a decisiones tomadas por la propia izquierda y la derecha centrista (¿moderada?) que llegaron a contar con el control y la dirección estatal y gubernamental de una parte importante de Europa en alianza con expresiones políticas minoritarias que tuviesen la capacidad de ofrecerles beneficios electorales en el corto plazo. Es decir, en gran medida, el fortalecimiento de las ultraderechas europeas es producto de las necesidades coyunturales que llevaron a los partidos tradicionales (históricamente tributarios de políticas e ideologías centristas, aunque existiesen variaciones importantes que en ocasiones movían el eje de gravitación más hacia los extremos) a buscar alianzas electorales con plataformas políticas minoritarias para lograr alcanzar mayorías institucionales y acuerdos con grados de aceptación más altos.

Piénsese, al respecto, que luego de las contracciones sufridas por la economía global en 2008 algunas de las primeras reacciones que se tomaron a lo largo y ancho del continente fueron implementar rescates multimillonarios, encarecer el costo de la vida para la población y ensanchar los márgenes de desigualdad entre las capas inferiores y las superiores de la sociedad, a menudo ejerciendo mayores presiones entre las clases medias y los deciles inferiores a ellas. Las magnitudes de esos ajustes estructurales requirieron de altos grados de autoritarismo y de plataformas de gobierno lo suficientemente indolentes como para poder llevarlas a buen puerto, a pesar de la oposición colectiva y de las nefastas consecuencias que ellas acarrearían, en el mediano y el largo plazo, para las condiciones de vida y el bienestar general de la colectividad.

Entre esa indolencia y otras tantas decisiones que condujeron a un buen número de sociedades europeas a optar por la derecha más conservadora como proyecto contestatario y de resistencia a las tendencias históricas seguidas por el establishment nacional para hacer frente a la crisis coyuntural del capital en los últimos años, Europa, finalmente, llegó al escenario presente y es en los comicios de este año, pues, que algunas de esas tendencias y trayectorias colectivas podrían verse fortalecidas o atenuadas. Por principio de cuentas, el escenario inmediato muestra que el camino a seguir será el de la radicalización de esas posturas de extrema derecha, alimentadas por un sentimiento de frustración más o menos generalizado en los distintos imaginarios colectivos nacionales. Las enormes proporciones en la mortalidad que alcanzó la pandemia en cada país y la laxitud (no implementar confinamientos colectivos) o los excesos (declarar Estados de excepción y actuar judicialmente en contra de quienes no respetasen las medidas tomadas) con los cuales cada gobierno enfrentó la situación han llevado a niveles de desaprobación insospechados entre muchos de los actuales mandatarios al frente de cada andamiaje gubernamental. A ello se suman, además, las reacciones que han causado los programas de rescate que se han implementado para salvar a los grandes capitales de la quiebra, reviviendo el fantasma que nunca dejó de recorrer al continente en los últimos doce años.

De lo anterior dan cuenta, por ejemplo, las numeralias que ya comienzan a circular sobre las preferencias electorales que en cada nación están dominando. En Portugal, por ejemplo, es la derecha —cada vez más despegada del centro— la que lidera las preferencias de votación en el país, por encima del sesenta por ciento. En Países Bajos, aunque el partido mayoritario, de raigambre liberal (el Partido Popular por la Libertad y la Democracia) por sí mismo mantiene márgenes de preferencia sostenidos, respecto de los últimos comicios en años recientes, son los partidos de derecha con los cuales éste ha tejido alianzas coyunturales los que proyectan mayor crecimiento: Llamada Demócrata Cristiana, Demócratas 66, Unión Cristiana.

En Bulgaria, por su parte, las elecciones se dan en un contexto en el que la nota fundamental de la policía nacional ha sido la de una enorme profusión de protestas en contra del gobierno vigente (por acusaciones de corrupción que alcanzan a los tres poderes del Estado) y una alianza partidista de corte nacionalista que, además, promueve enfáticamente un bloqueo permanente en contra del ingreso de la República de Macedonia del Norte a la Unión Europea. En Escocia, a pesar del referéndum del 2014, la campaña por la independencia del Estado se mantiene como el principal caballo de batalla del Partido Nacional Escocés. Y en Gales, las diferencias que surgieron entre el gobierno local y el Primer Ministro, Boris Jonson, sobre cómo gestionar la pandemia, han servido para radicalizar algunas posturas de rechazo a la política general del Reino Unido.

En Francia, sin duda la mayor apuesta en los comicios tendrá que ver con los éxitos y las derrotas de las que será objeto el movimiento fundado por el actual presidente, Emmanuel Macron, en 2016, La República En Marcha. Acá las tensiones son múltiples. Por mencionar apenas un par de ejemplos, habría que recordar que, a lo largo de la epidemia de SARS-CoV-2 en el país, las posturas adoptadas por el presidente y parte de su gabinete tendieron a desplazarse cada vez más hacia la derecha en el espectro ideológico, adoptando, además, estrategias de corte populista y, si algo muestra la historia de aquella nación, es que formas de hacer política de corte populista implementadas por la derecha tienen todo el potencial para generar fenómenos como el gaullismo, con su particular autoritarismo. Los resultados obtenidos en estas votaciones, asimismo, serán un indicador de las posibilidades con las que contará La República En Marcha para sostener su posición de fuerza actual en las rondas presidenciales de 2022.

En el centro de Europa, haciendo frontera con una Polonia controlada por la plataforma política de su ultraderecha nacional, a través del partido Ley y Justicia (PiS), y no muy lejos de Hungría, en donde la extrema derecha ha encontrado uno de sus mayores referentes a nivel continental, siendo su experiencia una de las más conservadoras hasta ahora experimentadas en la región; República Checa, por su parte, se enfrenta a unas elecciones en las que las dos fuerzas mayoritarias son variaciones de la derecha local: las representadas por la Alianza de Ciudadanos Descontentos, acusada sistemáticamente de corrupción, y siendo ella misma un partido fundado y financiado por el empresario más rico del país, por un lado; y una alianza en la que confluyen el Partido Democrático Cívico, la Unión Cristiana y Democrática – Partido Popular Checoslovaco y TOP 09, por el otro.

Finalmente está la situación de Alemania, que, más allá de la importancia que tiene en sus comicios la remergencia de movimientos neonazis en el espacio público, es en realidad la salida definitiva de la Canciller, Ángela Merkel, tras tres lustros de ostentar dicho cargo al frente del Estado, lo que supone la mayor apuesta no únicamente para las y los alemanes, sino para toda la Unión Europea, habida cuenta del peso específico que tiene en las decisiones del bloque y en el tamaño y el dinamismo de la economía regional. No debe pasarse por alto, después de todo, que la gestión de los efectos de la contracción del 2008 estuvo determinada por las decisiones tomadas por la Canciller, a través del Banco Central Europeo (el sacrificio de Grecia es parte de ese legado). Menos aún debe obviarse el hecho de que ha sido la postura alemana la que ha determinado los resultados que se han obtenido en los últimos cuatro años en lo tocante a la relación Estados Unidos-Unión Europea-China.

Un fortalecimiento de la extrema derecha en el país, sin lugar a dudas, conduciría a un reacomodo en esa relación tripartita, sobre todo en lo concerniente a las disputas empresariales y tecnológicas abiertas en el país por los capitales chinos y, en otra línea de ideas, supondría, asimismo, la emergencia de un catalizador potentísimo, a escala continental, que opere a manera de caja de resonancia y reflector del resto de las derechas continentales, favoreciendo sus agendas en los órganos del bloque.