Ecuador: perspectivas de la izquierda regional en América

Andrés Arauz, candidato a la presidencia de Ecuador por la coalición Centro Democrático, no alcanzó a conquistar un mínimo de 40% de la votación emitida en los comicios del pasado domingo siete de febrero; requisito indispensable, en el marco normativo de esa nación, para ganar su acceso al poder ejecutivo del Estado sin tener que recurrir a una segunda vuelta electoral. La distancia entre su candidatura y el segundo lugar en preferencias populares, sin embargo, sí fue la suficiente como para abrir una brecha de poco más de diez puntos porcentuales de diferencia, aunque no queda claro, aún, si ese escaño lo ocupará, para el balotaje de abril próximo, la candidatura de la derecha conservadora, personificada por Guillermo Lasso (de la Alianza CREO) o si, por el contrario, lo hará Yaku Pérez, impulsado por el Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik. Y es que, todavía en las primeras horas del día siguiente a la celebración de los comicios de primera vuelta, con poco más del 97% de los sufragios contabilizados, Lasso registra 19,60% de las preferencias, mientras que Pérez contabiliza 19,81%.

¿Significa esto que las posibilidades de dar continuidad al proceso de la revolución ciudadana, articulado y potenciado por los mandatos de Rafel Correa, en la presidencia de la república, han sufrido un revés capaz de agudizar la crisis política por la cual atraviesa el Ecuador, poniendo en peligro las aspiraciones presidenciales de Arauz? La respuesta a esta pregunta no es sencilla y no se resuelve con ofrecerle como salidas un sí o un no. Las oportunidades con las que cuenta Arauz para acceder a la titularidad del poder ejecutivo nacional del Estado siguen siendo relativamente amplias, a pesar de que las previsiones que se realizaron durante los últimos meses, sobre la figura contra la cual se tendría que disputar el cargo, lo mismo en primera que en segunda vuelta (Lasso), por lo menos hasta ahora, están en duda.

Y es que, en efecto, a pesar de que el desempeño electoral de Lasso se halla en sintonía relativa con los pronósticos que los análisis electorales nacionales y regionales llevaron a cabo y afinaron cada vez más en la medida en que se acercaban los comicios de febrero, lo que al parecer resultó ser una sorpresa (no del todo inesperada, eso es seguro) es que la candidatura de este representante del gran capital financiero ecuatoriano tuviese que medirse cara a cara con la de un perfil que todavía hasta mediados de enero del del presente año no alcanzaba a proyectar, en prácticamente la mayor parte de los ejercicios de medición realizados a propósito de los comicios, una preferencia popular superior al 15%.

Yaku Pérez, en este sentido, en términos estrictamente de aritmética electoral, resulta ser el candidato presidencial que más creció a lo largo de las campañas presidenciales de este año. Lasso, por su parte, si bien no fue objeto de una disminución radical de apoyo conferido a su persona por parte de la ciudadanía, si es comparado su desempeño actual con el que mostró en las últimas votaciones de primera vuelta en las que participó (en 2017, frente a Lenin Moreno como principal contrincante), algo que resulta evidente, a primera vista, es que en estos comicios el tres veces candidato a la titularidad del ejecutivo nacional ecuatoriano dejó de percibir alrededor de un millón de sufragios. Ello, en parte, quizá, podría explicarse debido a que el porcentaje de participación ciudadana en estas votaciones se redujo en relación con lo observado en 2017; aunque habría que decir que la diferencia es mínima (de alrededor de dos millones +/- de votos) y, por supuesto, también está el hecho de que las probabilidades de que esa reducción en la asistencia a las urnas se concentrase sólo o primordialmente en la candidatura de Lasso (absorbiendo poco más de la mitad de ese absentismo) son reducidas.

En perspectiva histórica, además, es preciso tener claridad en el reconocimiento de que, en rondas de votación de primera vuelta, las participaciones de Lasso han tendido a moverse entre los márgenes de los dos millones y los dos millones y medio (+/-) de votos. Su registro mínimo se dio, de hecho, en los comicios de este año, con alrededor de millón y medio de boletas a su favor, mientras que en su primera candidatura presidencial, en 2013, ante Rafael Correa como principal contrincante, obtuvo poco más de un millón novecientos mil sufragios efectivos. Su límite superior se halla en los comicios de 2017, contra Moreno, en donde obtuvo por encima de los dos millones seiscientos mil votos en su favor. La experiencia de los últimos años, por lo tanto, indica que la fortaleza de este personaje parece no estar en su desempeño individual, en unas elecciones de primer término, sino que, por lo contrario (y a pesar de que en sus tres campañas sólo en una ha tenido la posibilidad de pasar a disputar, también, el balotaje), su fuerza se halla en la capacidad que tenga para aglomerar a su alrededor a la mayor cantidad posible de fuerzas políticas en coalición o alianza coyuntural. Así pasó, por ejemplo, en los comicios pasados, contra Lenin Moreno.

Ahora bien, a pesar de que Arauz participó, en estas votaciones, como el representante de una coalición de fuerzas políticas distinta de la que en su momento constituyó a la amplitud del movimiento revolución ciudadana (aunque en la coalición Centro Democrático es posible hallar a algunos núcleos duros de aquella otra experiencia), si se compara su desempeño con el que en los dos comicios presidenciales pasados tuvieron Rafael Correa y Lenin Moreno, lo que se observa es que, en un caso, las distancias sí son significativas, mientras en el otro si bien son grandes, no son diferencias de vida o muerte. Así, por ejemplo, respecto de los resultados obtenidos por Correa en 2013 (casi cinco millones de sufragios), Arauz obtuvo poco mas de la mitad de lo logrado por el expresidente; ante Lenin Moreno, por su parte (alrededor de tres millones setecientos mil votos), Arauz obtuvo casi un millón doscientos mil sufragios menos.

Puestas así las cosas, y leías únicamente a través del crisol de la enorme abstracción que suponen las numeralias al margen de cualquier consideración social y política, la comparación de los resultados electorales obtenidos por estas tres figuras tan disímiles entre sí resulta, sin duda, un ejercicio absurdo. Sobre todo si se toma en consideración los contrastes tan marcados que la presidencia de Lenin Moreno introduce en esta ecuación. Sin embargo, si se la mira con atención, la comparación cumple un propósito: que algunas luces es capaz de arrojar para explicar de mejor manera lo que acontece en el escenario electoral de la reorganización de las izquierdas nacionales, en estos momentos de profunda crisis.

Y es que, en efecto, si se toma en consideración que los números obtenidos en las votaciones de primera vuelta, en 2017, por Lenin Moreno, se dieron cuando la sociedad ecuatoriana y una parte importante de América veían en él un proyecto de continuidad del correísmo; esto es, se dieron con anterioridad a que el exvicepresidente de Correa diese un vuelco ideológico radical para constituir como su propio proyecto de gobierno un proceso contrarrevolucionario, antagónico de todo lo que con tanto esfuerzo se había comenzado a construir en el país, desde 2006, lo que la comparación de su desempeño electoral con el llevado a cabo por Arauz pretende poner de manifiesto es la magnitud del descalabro sufrido por esa fuerza política relativamente amplia y heterogénea que, a falta de una mejor denominación, en la región se conoce, precisamente, como correísmo.

En este sentido, si las últimas elecciones en las que participó Correa representan el punto de máximo alcance electoral obtenido por la revolución ciudadana, en 2013; y la presidencia de Lenin Moreno (2017-2021) significa, a su vez, el momento de más aguda crisis de ese movimiento y de la coalición de fuerzas políticas que lo alimentó y sostuvo desde 2006; el desempeño mostrado por Arauz en las urnas, este febrero, vendría a ser algo así como el diagnóstico concreto del estado en el que se encuentran dichas potencias sociales luego de haber tenido que transitar por cuatro años de contrarrevolución; marcados no únicamente por el desmantelamiento institucional de lo que habían logrado y por la persecución política de sus principales figuras, sino que, además de ello, fueron cuatro años caracterizados por un pliegue total del andamiaje gubernamental ecuatoriano a los diseños geopolíticos estadounidenses que, en el plano continental, se tradujeron en el empuje artero y sistemático en contra de la articulación y la integración regional.

Así pues, en términos generales, una primera consideración analítica a tener en cuenta en este momento tiene que ver con el reconocimiento de que los núcleos duros o fuertes del correísmo, en apariencia, parecen haber resistido con entereza el embate, y estar dispuestos, de nuevo, a dar la batalla de manera articulada, encontrando sus puntos de contacto más sólidos para avanzar a partir de las bases que en ellos les sea posible construir. Sin embargo, y aquí es en donde entra a juego el análisis del enorme crecimiento que experimentó la candidatura de Yaku Pérez, lo que parece estar en juego es la posibilidad de que Arauz pueda atraer hacia su candidatura a una parte importante del voto indígena del país. Y lo cierto es que esa tarea, dados los resultados de Pérez, ni está resuelta ni parece ser una empresa sencilla.

Y no lo es, en parte, porque históricamente el movimiento indígena ha tendido a desplazarse con amplios grados de autonomía entre distintas coaliciones, proyectos políticos y plataformas de gobierno. El que sean un movimiento indígena, pues, no implica que mecánicamente se deban de adherir, políticamente, a las coaliciones de fuerzas sociales progresistas que en los últimos años se han experimentado en el país. Basta con observar la forma en que este movimiento —lato sensu— también se constituyó como una fuerza de oposición al correísmo, en los años en los que fue presidente de la nación Rafael Correa, para dar cuenta de ello, y de las dificultades por las cuales han atravesado distintos esfuerzos de articulación en conjunto. A ello se deben sumar, además, las grietas que en los últimos cuatro años se abrieron en su interior, derivadas de las posiciones adoptadas entre, por un lado, los representantes del movimiento en la Asamblea Nacional; y por el otro, las bases sociales de dicha representación.

2019, para no variar, en esta reorganización del movimiento indígena en Ecuador, supuso un punto coyuntural de redefiniciones políticas importantísimo, toda vez que la resistencia colectiva presentada ante la represión gubernamental y frente a la restauración neoliberal del Estado encontró condiciones de posibilidad propicias para canalizar la rabia y el descontento social en un programa político mínimo, personificado, por supuesto, en la candidatura de Yaku Pérez. De ahí que, si es la plataforma política del Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik la que pasa a disputar a Arauz el balotaje de abril próximo, el correísmo se tenga que enfrentar no únicamente a un bloque relativamente amplio constituido en el espectro ideológico de las derechas ecuatorianas, sino que, aunado a ello, deba negociar en términos por completo distintos a los vigentes en la década pasada con el movimiento indígena (y no siempre, necesariamente, desde una posición de fuerza). Y si bien es verdad que se aprecia un tanto complicado que el Pachakutik conquiste la presidencia en y por sí mismo, al margen de cualquier tipo de alianza o de coalición, por lo menos a la Asamblea Nacional podría llegar como una fuerza amplia y pujante (que para algunas problemáticas eso se podría traducir en ciertos impasses).

No hay que obviar, después de todo, que las matrices productivas desde las cuales parten las propuestas de gobierno de Arauz y de Pérez tienen puntos de divergencia importantes, y a menudo irreconciliables, sobre todo en lo que respecta al aprovechamiento de determinados recursos naturales y a las regiones en las que ciertas actividades productivas pueden o no ser llevadas a cabo.

Si Lasso es quien llega al balotaje, por otro lado, lo que si se antoja aún más improbable es que Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik decida plegarse a la plataforma de gobierno de las burguesías más reaccionarias y conservadoras de la sociedad ecuatoriana. Pero como una coalición inmediata, casi mecánica entre el Pachakutik y el Centro Democrático tampoco se antoja sencilla, ni mucho menos, los márgenes de legitimidad y de apoyo social con los cuales podría llegar a la presidencia Arauz podrían verse mermados, sobre todo en lo que respecta al apoyo colectivo que requeriría para implementar algunas de sus políticas que precisen de márgenes de aceptación popular amplios. Yaku, por lo pronto, sin conocerse aún los resultados finales sobre quiénes disputarán el balotaje, ya dejó en claro que buscará mantener e incluso incrementar los niveles de autonomía relativa de la fuerza política a la que representa.

Sólo las campañas de la segunda vuelta mostrarán si mayores acuerdos y confluencias de intereses se imponen o si la fragmentación termina por gobernar.

Cualquiera que sea el caso, lo que es un hecho es que las perspectivas de victoria de Arauz suponen, en términos continentales, una bocanada de aire fresco en momentos de profunda incertidumbre y de aguda crisis para las izquierdas de la región. Un eje México-Ecuador-Argentina-Cuba-Bolivia, sin duda, representaría un gran logro para la reorganización de las oposiciones de izquierda no únicamente en esos países, sino, sobre todo, ahí en donde los diseños geopolíticos de los grandes capitales globales y de las aspiraciones estadounidenses de recomposición de su hegemonía sostienen a gobiernos criminales como los de Jair Bolsonaro, en Brasil; o de Iván Duque, en Colombia. En tiempos en los que la crisis sanitaria tiene toda la capacidad para aglutinar a los sectores más conservadores y reaccionarios de cada sociedad nacional en el continente, incrementando las perspectivas de triunfo de políticas y de partidos de extrema derecha, cada espacio que logre conquistar la izquierda y el progresismo es un movimiento estratégico fundamental para sostener las posibilidades de triunfo y de continuidad espacial-temporal de cualquier proyecto de emancipación regional.