El riesgo de la Inteligencia Artificial es su autonomía

¿En qué momento el rechazo del alarmismo ―sobre cualquier tema― se convierte o bien en un alarde de ignorancia o bien en jactancia de charlatanería (fenómenos, ambos, que hoy en día abundan gracias a quienes, haciéndose llamar influencers, se pavonean de ser expertos y expertas en todo; creyendo que opinar es sinónimo de analizar)? La pregunta viene a cuento en gran medida debido al debate que propiciaron las recientes declaraciones públicas hechas por algunos ejecutivos, analistas de datos y, en general, por personal que labora en las principales corporaciones transnacionales de Occidente dedicas a actividades de investigación y desarrollo de tecnologías de inteligencia artificial, en torno a la necesidad ―arguyeron― de desacelerar el ritmo al cual avanza el sector.

Y es que, en efecto, algunas de ellas, como las hechas en redes sociales ―y luego en cada gran cadena televisiva y periódico a los que fue invitado― por Jacob Coxon, exanalista de datos de Anthropic, una de las corporaciones líderes en la industria en cuestión, no escatimaron en advertencias sobre las probabilidades de que la inteligencia artificial (así, en su sentido genérico, y no una u otra aplicación; uno u otro modelo) extermine a la humanidad tan pronto como el final de la presente década. Y aunque hubieron algunos otros posicionamientos que también se enfocaron en advertir sobre los peligros que representa el avance incontenido de esta tecnología en los años por venir (y aún en el presente mismo), redundando en el mensaje general que personajes como Coxon quisieron transmitir a la humanidad, lo cierto es que, dada la dinámica propia de las formas de comunicación que dominan en la actualidad por todas partes de Occidente (América incluida), el tremendismo y el sensacionalismo hicieron lo suyo ensombreciendo el sentido general de las advertencias hechas y enrareciendo la discusión que le siguió entre el grueso de la población.

Así, por ejemplo, en el extremo del ridículo, la conversación pública dominante a lo largo de los días posteriores a la fecha en que se emitieron este tipo de declaraciones (en la primera quincena de septiembre del año en curso), terminó por concentrarse en la simplificación y en la reducción de los problemas asociados al curso que ha seguido el desarrollo actual de la inteligencia artificial en el mundo y los desafíos que su trayectoria futura suponen para los seres humanos que las generaron en primer lugar, hasta el punto en el que, al final del día, daba la sensación de que todo el debate público parecía girar alrededor de la necesidad de esclarecer si de lo que se trataba, en dichas advertencias, era de prevenir a la humanidad ante un escenario apocalíptico parecido al que durante décadas han alimentado fantasías como Terminator (del director James Cameron) o Yo robot (del director Alex Proyas) y precisar qué tan ridícula era la idea en cuestión, tomando en consideración que muchas de las aplicaciones móviles potenciadas por inteligencia artificial que utiliza el grueso de la población aún se caracterizan por cometer errores y pifias grotescas y absurdas (del tipo que se suelen apreciar en imágenes mal generadas, investigaciones erróneamente fundamentadas o escritos pobremente argumentados).

Y es que, en verdad, ¿quién podría creer, con seriedad, que, dado el comportamiento que se observa día a día en el desempeño de cientos o de miles de chatbots y aplicaciones similares en los dispositivos móviles de millones de personas, en poco menos de un lustro la humanidad podría estar en riesgo potencial de sufrir una catástrofe planetaria y civilizacional, producto de inteligencias artificiales que, en principio, aún no habitan ni movilizan algún tipo de robot capaz de someter físicamente al conjunto de la especie? El realismo de las advertencias hechas a por los CEOs de la IA principio de mes, a la luz de esta evidencia empírica cotidiana, sencillamente no hace sentido y parece fuera de toda proporción. ¿Cierto?

Sigue leyendo

Don’t Look Up! La interiorización social de las distopias

Hace unos días, previo al cierre del 2021, la plataforma de contenidos multimedia por streaming, Netflix, estrenó en México una de sus producciones originales hasta hoy más exitosas (aunque por debajo de los niveles de audiencia alcanzados por El Juego del Calamar): Don’t Look Up. El largometraje, dirigido por el guionista, director y actor estadounidense Adam McKay (quien cuenta entre sus joyas la dirección de Vice, en 2018; y The Big Short, en 2015), tiene el mérito inicial de ser una producción en la que convergieron personalidades consolidadas de la industria cinematográfica estadounidense (Leonardo DiCaprio, Jennifer Lawrence, Cate Blanchett y Meryl Streep) con talentos en rápido ascenso (Jonah Hill y Timothée Chalamet).

Con una combinación entre elenco y dirección de esa magnitud (y dando por descontada la inclusión de desaciertos lamentables, como la actuación de Ariana Grande), así, a primera vista, Don’t Look Up parece ser una pieza prometedora dada la seriedad con la que históricamente han construido sus carreras algunas de las figuras estelares de la película y, más aún, a la luz del compromiso que muchos de ellos y muchas de ellas han asumido con la interpretación de roles que, por lo menos en la pantalla, expresen algún grado de responsabilidad social con causas urgentes de nuestro tiempo o algún nivel de complejidad humana difícil de representar. La realidad es, no obstante, que Don’t Look Up es una producción insufrible, que sólo alcanza a brillar tenuemente por las grandes actuaciones de sus estelares, sin las cuales sus 145 minutos de duración se sentirían simplemente como un desperdicio de vida ante la pantalla.

De ahí que, en general, lo más interesante de esta película no sea en sí mismo su calidad como un producto cinematográfico más sino, antes bien, por un lado, el mensaje de fondo que intentó transmitir; y, por el otro, el efecto social que tuvo entre las masas que atendieron su estreno y su consumo como un fenómeno cultural de enormes proporciones y de aguda concientización colectiva sobre el estado en el que se halla la vida humana (y cualquier otro tipo de vida orgánica) en el planeta Tierra.

Sigue leyendo

Reacción, cancelación de la cultura y contrarrevolución en América

En el primer capítulo de la tercera temporada de la más famosa serie distópica de Netflix, Black Mirror (titulado Nosedive), el director británico, Josh Wright, el escritor Charlton Brooker y los guionistas Michael Schur y Rashida Leah Jones, buscaron explorar las catastróficas consecuencias que tendría el implementar en gran escala, en las sociedades capitalistas de consumo de masas contemporáneas, un sistema de reputación social (social scoring) capaz de sustituir al dinero y, en general, a cualquier tipo de moneda, como vector organizador, regulador y administrador de la totalidad de los fenómenos propios de las relaciones de socialización humana.

Sigue leyendo