Reacción, cancelación de la cultura y contrarrevolución en América

En el primer capítulo de la tercera temporada de la más famosa serie distópica de Netflix, Black Mirror (titulado Nosedive), el director británico, Josh Wright, el escritor Charlton Brooker y los guionistas Michael Schur y Rashida Leah Jones, buscaron explorar las catastróficas consecuencias que tendría el implementar en gran escala, en las sociedades capitalistas de consumo de masas contemporáneas, un sistema de reputación social (social scoring) capaz de sustituir al dinero y, en general, a cualquier tipo de moneda, como vector organizador, regulador y administrador de la totalidad de los fenómenos propios de las relaciones de socialización humana.

A simple vista, por supuesto, la propuesta en cuestión podría ser leída como un esfuerzo de extrapolación de la manera en que operaría y de las consecuencias que tendría el extraer del interior de plataformas y aplicaciones de redes (como Instagram o Facebook y similares o derivadas) su lógica de funcionamiento para desdoblarlas sobre el enorme cúmulo y la amplia diversidad de relaciones que las personas, en su individualidad, establecen con sus semejantes dentro del marco de una colectividad determinada. El número de calificaciones obtenidas y las cualidades que de ese criterio cuantitativo se desprendan, en ese sentido, funcionaría fuera de las redes sociales de la misma forma en que los likes y las reacciones lo hacen en Facebook o los corazones en Instagram.

En los hechos, hasta ahí, el principio teórico o filosófico detrás de la propuesta fílmica de Black Mirror, salvo en lo concerniente a los elementos ficcionales que se desprenden de la tecnología que en el capítulo es necesaria para echar a andar a todo el sistema de calificación social, no se diferencia de algunos fenómenos que en la realidad objetiva de las sociedades capitalistas contemporáneas ya comenzaban a ensayarse en el consumo de masas desde hace un par de años: servicios de transporte personal como Über, por ejemplo, desarrollaron la parte medular de su actividad empresarial alrededor de un sistema de calificaciones aplicable tanto para sus operarios como para sus usuarios. La progresiva generalización de esta lógica, con el tiempo, sin duda fue producto de la ilusión que le era constitutiva: hacer creer a los consumidores y las consumidoras que tienen el poder de determinar y de definir la cantidad y la calidad de lo ofertado en el mercado.

Al mismo tiempo, además, cuando el sistema de calificación y recompensas es bidireccional (ofreciendo a los proveedores de servicios calificar a sus clientes y/o usuarios), el personal encargado de brindar esos servicios caía preso de la misma ilusión: ¡el cliente no siempre tiene la razón! y, en esa medida, la marginación de ciertos conjuntos de consumidores se volvía un proceso en el que, evadidas las constricciones monetarias, siempre existía la posibilidad de restringir a ciertas personas el acceso a las aplicaciones y los servicios ofertados con base en su reputación en el seno de la comunidad que las nuevas tecnologías posibilitaban constituir, hospedar y alimentar en tiempo real.

Ahora bien, si se lo piensa con detenimiento, es verdad, el problema de la reputación en sociedad y los mecanismos colectivos para calificar servicios, mercancías y personas en su seno no son, en estricto sentido, una invención ni del universo distópico cinematográfico de Netflix ni de las estrategias empresariales de Über et. al. Basta con observar la lógica bajo la cual operan, para no ir más lejos, los sistemas penales y sus andamiajes carcelarios, en Occidente, para dar cuenta de la historia tan añeja que tienen el prestigio y la reputación en la definición de la participación que tienen los individuos en una comunidad y una cultura dadas.

La cuestión es, sin embargo, que, derivado de los desarrollos logrados por el capital en ámbitos como el de la inteligencia artificial, el de la automatización de cadenas de valor y procesos productivos y consuntivos o el del reconocimiento facial y los sistemas de vigilancia, la aceptación y la reproducción colectiva de las dinámicas de social scoring han supuesto no únicamente una reconfiguración cuantitativa en el ámbito de su aplicación, sino que, aunado a ello, han implicado una mutación de carácter cualitativo en el seno mismo del funcionamiento del modo de producción vigente y su correlato civilizatorio, cuya importancia y trascendencia, en el contexto actual, apunta hacia una redefinición de múltiples y diversas lógicas y sentidos comunes en los procesos de reproducción, acumulación, concentración y centralización de capital.

Es, de hecho, en ese sentido que, por ejemplo, la distopía retratada por Black Mirror puede ser vista, en realidad, como la exploración de escenarios futuros no muy lejanos cuyas proyecciones y representaciones se basan no en lo que podría ser, sino, antes bien, en retratar de manera ficcional lo que en los hechos ya opera en sociedades como la China, pero de cuyo devenir no se distancian mucho las sociedades occidentales. Y es que, en efecto, aunque, por un lado, la sustitución del dinero y del capital como vectores ordenadores de la vida en sociedad se encuentra lejos de ser un hecho consumado alrededor del mundo (menos aún en el capitalismo chino, falsamente definido como socialismo de mercado, a pesar de ser, inclusive, más voraz que el propio capitalismo estadounidense); y, por le otro, el sistema de reputación social chino tiende a ser enmascarado constantemente como una mejora en los mecanismos de seguridad de sectores claves para la economía nacional —como lo son las finanzas, en donde la reputación es fundamental para el sector crediticio—, la realidad es que las consecuencias profundas que en los universos ficcionales cinematográficos conducen a la barbarie, en la cotidianidad de las ciudadanas y los ciudadanos chinos, esa barbarie es el pan nuestro de cada día: la condición de posibilidad para que una persona participe (o no) no únicamente del mercado sino, aunado a ello, de la sociedad, en general.

Vistos desde una perspectiva doctrinaria de tipo liberal-burguesa, después de todo, los enormes esfuerzos que han llevado a cabo los capitales nacionales (particularmente de la mano de las BigTech) y el gobierno de China para edificar un enorme entramado institucional y un vasto complejo tecnológico capaz de recolectar, almacenar y procesar una cantidad ingente de datos para premiar o castigar a los ciudadanos y las ciudadanas de aquella nación y, de esa manera, mantener mayores controles sobre el acceso y las restricciones aplicables a consumidores de determinados servicios y mercancías, sin duda parecen un avance positivo para evitar, por ejemplo, que en un futuro no se repitan desastres globales como los que se desataron a partir de la vulneración del sistema de reputación crediticia que estuvo detrás del estallido de la burbuja inmobiliaria estadounidense, en 2008 (¡como si alguna vez el capitalismo hubiese avanzado en su despliegue global sin chorrear por todas partes lodo y sangre!).

La cuestión es, sin embargo, que lejos de ser esa la lógica que opera en el centro de estas dinámicas de ingeniería social, en las que en apariencia cierta neutralidad axiológica, política, económica, sexogenérica, racial y cultural garantiza un piso parejo para todos los consumidores y consumidoras en un mercado dado, no muy lejos de la superficie en estas tecnologías operan con enormes facilidades y libertades varios conjuntos de mediaciones a través de las cuales en toda calificación emitida sobre un miembro de la sociedad se desdoblan sesgos raciales, sexogenéricos, raciales, de preferencias confesionales, etcétera.

De tal suerte que, lo que en un principio parece ser una respuesta público-privada idónea para realizar, por fin, el mito de los máximos grados de libertad individual de los consumidores y las consumidoras, con base en una tecnología que promete garantizar la neutralidad del mercado (depositando toda la responsabilidad de su comportamiento en los agentes que participan de él), premiando y fortaleciendo a quienes favorecen las preferencias colectivas y eliminando de la ecuación a quienes resultan nocivos para la reproducción del sistema, es, en verdad, apenas el comienzo del despliegue de una enorme maquinaria en cuya matriz anidan los embriones de ejercicios de poder y de violencia mucho más perniciosos de los que hasta ahora se han experimentado en el capitalismo histórico.

Es cierto, en el grueso de las sociedades occidentales (incluidas las americanas), la sistematicidad, la cobertura y la penetración de los complejos tecnológicos que en China posibilitan la operación cada vez más amplia y determinante de su sistema de social scoring aún se hallan, en muchos sentidos, en fases experimentales; aunque ya existen iniciativas de gran calado, como las ciudades seguras de Huawei (Safe Cities) que al día de hoy avanzan en su colonización de las grandes urbes en Europa occidental y el Sur de América. Sin embargo, paralelismos importantes se hallan ya en operación en los cinturones de miseria y en otras formas de guetos que rodean a megalópolis latinoamericanas y estadounidenses, funcionando para incrementar dinámicas que van desde una mayor criminalización de personas negras (o en general no-blancas) hasta procesos de intensificación de la explotación laboral en grandes complejos industriales y en clusters en el ámbito del comercio y los servicios (el caso de Amazon, al respecto, es ejemplar).

Las iniciativas populares en Estados Unidos por un desarrollo tecnológico y científico no racializado, no sexualizado y que no sirva a los intereses de clase de una pequeña minoría que cada día busca cómo incrementar sus posibilidades de salvación, de cara a una crisis sistémica (con el Antropoceno por delante) que amenaza con barrer con enormes proporciones de la población global, por un lado; o los cada vez más recurrentes debates internacionales acerca de la necesidad de repensar a la ética en el marco del previsible dominio de la inteligencia artificial, de la ingeniería genética y la geoingeniería en la conducción de los destinos de la humanidad, por el otro; dan cuenta de que aunque los rasgos de las posibles nuevas formas de civilización apenas se están desenvolviendo dentro de los límites que les impone el capitalismo contemporáneo, sus consecuencias ya son lo suficientemente perniciosas como para buscar detenerlas antes de que éstas lleguen a hacerse hegemónicas a lo largo y ancho del mundo.

Pero además, por si ello no fuese poco, lo que no deja de constituir un grave peligro para todo el mundo, en general (en tanto que compete a las condiciones de posibilidad de cualquier proyecto emancipatorio del capitalismo histórico); pero, sobre todo, para América Latina, dado el contexto que impera en la región; es que en este continente las perspectivas de despliegue de este tipo de lógicas de social scoring se dan en un momento en el que en estas sociedades convergen tres dinámicas distintas con todo el potencial no únicamente para facilitar su aceptación y legitimar en masa su despliegue, sino, asimismo, para exponenciar su utilización y las consecuencias que de ello se desprendan.

A saber: América atraviesa: i) por un momento de reorganización de los diseños geopolíticos de Estados Unidos (producto de sus esfuerzos por no agudizar más la crisis de su propia hegemonía); ii) en correlación y articulación con la dinámica anterior, por una reconstitución orgánica de las fuerzas políticas y sociales más conservadoras y reaccionarias de las derechas nacionales (y de algunos proyectos de izquierda que parecen militar, más bien, en el lado contrario del espectro ideológico), de cara al fortalecimiento de las resistencias populares que a lo largo y ancho de la región se han presenciado en los últimos años; y, iii) la rápida profusión y penetración de una moral puritana en la forma de una cultura de la cancelación; respuesta, no obstante, a los grados de descomposición a los que ha llegado la propia moral moderna.

Es decir, para ponerlo simple: en la articulación de los dos primeros fenómenos lo que se halla de fondo es el fantasma del fascismo y la restauración del Estado de contrainsurgencia en América Latina; planteadas, ambas fórmulas en su síntesis, como respuesta a las disputas por lo público y por otros mundos posibles en las sociedades nacionales de la región; ello, ante la importancia que reviste, para los capitales locales y transnacionales, el que los movimientos nacionales-populares no se apropien colectivamente de los recursos que ahora más que nunca le son imprescindibles para garantizar, por lo menos, que en lo más agudo de la crisis sistémica las pérdidas y las derrotas no sean muy graves. En el tercer fenómeno, por otra parte, lo que parece estar operando es un proyecto de autoritarismo social que, por lo demás, no tiene una forma univoca.

Y es que, al respecto, sobre este último punto, algo que sin duda vale la pena señalar es que el carácter, el sentido y la trayectoria que toma la cultura de la cancelación contemporánea no es algo que ya esté definido, en tanto que no es un recurso propio de las fuerzas de izquierda o de derecha, pero también en tanto que es empleado, justo, por los dos extremos de la ecuación. Hacer notar esa indefinición o carácter contradictorio de la cultura de la cancelación, en este sentido, tiene el propósito de visibilizar que, en las agendas programáticas de las resistencias populares de la izquierda crítica (porque también hay izquierdas conservadoras), cumple el objetivo expreso de poner en cuestión los contenidos de la ética contemporánea, salvando, sobre todo, su dimensión histórica: la deuda que hoy se tiene con los vencidos y las vencidas por la historia del capital, poniendo en juego, paralelamente, eso que Walter Benjamin pensó como una exigencia mesiánica del pasado respecto del presente.

El problema viene, sin embargo, y al margen de esos usos que en la izquierda tiene la cancelación (siempre poniendo el acento en la condena de aquellos contenidos culturales que las sociedades contemporáneas arrastran, justificando y legitimando su brutalidad a través de ellos: como todo documento de cultura que es, al mismo tiempo, y siguiendo de nueva cuenta a Benjamin, un documento de barbarie), cuando son el conservadurismo y la reacción de la derecha (hecha masa: forma específica del autoritarismo social) quienes aprovechan esa cultura de la cancelación para articularla a las posibilidades de constricción que se desprenden de los sistemas colectivos del social scoring en gestación. Los peligros de esa síntesis, dándose en el marco de sociedades nacionales constantemente asediadas por el imperialismo estadounidense y por el fascismo latinoamericano no es menor: que los proyectos populares de emancipación tengan que lidiar con las nuevas formas de vigilancia desplegadas por el capital ya es un desafío lo suficientemente imponente como para que a éste se le sume, como basamento de su generalización, penetración, justificación y legitimación el salvaguardar la integridad moral colectiva a través de la observancia rigurosa y sistemática de lo políticamente correcto.

Immanuel Wallerstein, a lo largo de su obra, nunca dejó de hacer énfasis, siguiendo los principios de los estudios de la complejidad y el rol que en su comportamiento juega la entropía, que en periodos de crisis sistémica son los actos más insignificantes los que mayores impactos tienen en la totalidad de los sistemas en cuestión, mientras que las definiciones de los grandes acontecimientos se ven menguadas cada vez más. Valdría la pena, sin duda, pensar con radicalidad este postulado dentro del marco de significaciones que se hallan implicadas en la moral que alimenta a la cancelación en su despliegue como estrategia contrarrevolucionaria por parte de las derechas nacionales y regionales en América, y los impactos que en ello tendría su amalgamiento con un sistema generalizado de social scoring.