Más que los libros, la Nueva Escuela Mexicana I/III

Aunque a lo largo de este sexenio ya se ha vuelto costumbre para el antiobradorismo (y, dentro de él, sobre todo, para sus comentócratas a sueldo) convertir en un escándalo mediático de incuantificables proporciones prácticamente a cualquier política pública emprendida por el gobierno federal o por alguno de los gobiernos locales emanados de MORENA, en las últimas semanas, el debate político en torno de los nuevos libros de texto gratuitos de la Secretaría de Educación Pública (SEP) parece haber desbordado ya los límites de la propia conversación hasta alcanzar extremos de lo absurdo que otras agendas igual de importantes para la administración de López Obrador no consiguieron. En parte, por supuesto, esa virulencia de opiniones alrededor de esta temática se explica por el hecho de que ya están por comenzar los tiempos legales de las elecciones presidenciales del próximo año y, con ello, se impone —especialmente entre la oposición al obradorismo— la necesidad de parasitar la discusión pública con cualquier contenido que sea susceptible de convertirse en una mayor captura de votos en las urnas.

Sin embargo, y más allá de la evidente influencia que tiene el contexto electoral en esta pugna sobre la SEP y sus nuevos libros de educación primaria y secundaria para el próximo ciclo escolar, un aspecto de la discusión que no deja de llamar la atención —hay que insistir: al margen de su instrumentalización electoral en curso— tiene que ver con la inquietante, cuando no decepcionante, concepción que, en general, entre amplísimos sectores de la población se tiene acerca del rol que desempeña (o que debería de desempeñar) la educación, en general; y la educación pública nacional, en particular; tanto en la vida de cada persona que en este país accede a ella cuanto en el devenir histórico del conjunto de la nación o del pueblo de México.

En efecto, si de algo ha dado cuenta la intempestiva proliferación de opiniones que se han venido vertiendo en el debate público nacional acerca de esta temática en las últimas semanas, ese algo tiene que ver con el hecho de que, en México, la posibilidad de construir un proyecto educativo nacional con visión de largo plazo, que se caracterice por cimentarse en una vocación de profundo respeto por la diversidad y la pluralidad histórica, política, económica y sociocultural del país, así como en una real aspiración democratizadora e igualitaria, tendiente a construir una sociedad socialmente más justa y emancipada, sigue teniendo como su principal obstáculo a un cúmulo de dogmas y de sentidos comunes que, cuando no parten de la errónea idea de que la educación es un fenómeno social desligado de la política sí, por lo menos, sostienen que ésta debe de ser un proyecto subordinado a las necesidades del mercado, aunque algo de política se cuele de vez en cuando en su impartición dentro y fuera de las aulas escolares.

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La Barbie que nunca fue

Más allá de lo interesante que siempre resultan ser las estrategias cinematográficas que logran capitalizar la nostalgia de generaciones que vivieron en un mundo mucho más rudimentario y analógico de aquel que hoy sufren y agonizan millones de personas en su vida cotidiana, el fenómeno cultural que la película de Barbie desató por todo Occidente en las últimas semanas es llamativo debido a, por lo menos, la problematización que propone la película en torno de aquello que muchos y muchas insisten en denominar guerras culturales, y que aquí sencillamente se designará como la disputa contemporánea por el sentido histórico de los sexos, los géneros y los afectos en Occidente.

Por sí misma, por supuesto, la película permite múltiples y divergentes interpretaciones. Más que por la calidad artística de la propia obra en cuestión, por el contexto histórico en el que se inscribe (y del cual pretende ser una representación cultural suya) y por la absurda cantidad de discusiones que su guion abre sin que nunca llegue a cerrar, pese al forzado ejercicio de conclusión narrativa que el filme intenta hacer hacia el final de la obra, como para dejarle claro a las audiencias el significado del amasijo de moralejas que ésta intentó transmitirles, a menudo, hay que decirlo, de manera muy poco lograda y sumamente burda a lo largo de las casi dos horas que dura la película.

De todas esas problematizaciones abiertas y nunca cerradas por la película, pues, acá interesan tres; no tanto porque se presuma que sean las principales, y ni siquiera las más importantes de todas las que es posible hallar en el filme, sino, antes bien, debido a su aparente intrascendencia o carácter accesorio dentro de la construcción de la película. A saber: en primer lugar está la hoy tan inverosímil, pero cada vez más dogmáticamente defendida, hipótesis feminista de Barbie: esto es, la lectura contemporánea que hoy se intenta hacer de la muñeca y de todo lo que representa como un nuevo icono del feminismo contemporáneo; y uno, además, que siempre habría estado ahí, desde 1959, pero que por la fuerza ideológica del patriarcado no se habría captado con anterioridad. En segunda instancia está la tematización que hace la obra de Greta Gerwig acerca del patriarcado y lo que en la película busca aparecer como su superación. Y, en tercer término, se halla el sutil tratamiento que hace el largometraje de la maternidad y de las relaciones hoy imperantes entre madres e hijas.

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El Frente Amplio, Xóchitl Gálvez y la concepción patrimonialista del Estado mexicano

Los procesos internos para seleccionar a las personas que contenderán por la presidencia de la república, en 2024, siguen avanzando, prácticamente sin sobresaltos ni mayores dificultades que las propias de toda dinámica preelectoral, tanto entre las filas del obradorismo como entre las de la oposición a éste. Sin embargo, más allá de ciertos rasgos singulares interesantísimos y dignos de análisis que con el paso del tiempo han ido aflorando de un lado y del otro, hasta el momento, sin duda el fenómeno que más inquietudes parece despertar entre amplios sectores del electorado mexicano, y que a lo largo del último par de semanas ha conseguido instalar una nueva narrativa común a distintos medios de comunicación hostiles a la 4T —en voz de sus siempre confiables comentocracias a sueldo—, es: ¿a qué responde la insistente crítica de Andrés Manuel López Obrador esgrimida en contra de la senadora panista y probable precandidata presidencial del Frente Amplio opositor, Xóchitl Gálvez?

Apelando a cierto sentido común —perniciosa trampa intelectual, inventada por el liberalismo en el siglo XIX, que invita a renunciar a la reflexión informada, profunda y crítica—, cualquiera podría aseverar que la supuesta obsesión de López Obrador con la aún senadora panista, Gálvez Ruíz, se debe a que el presidente de México le teme, por considerarla, en principio, capaz de minar las aspiraciones presidenciales de los precandidatos y la precandidata de MORENA y, en consecuencia, destruir toda posibilidad de que el obradorismo y la 4T se consoliden como un proyecto de nación transexenal. De dónde sale esta respuesta de sentido común es algo que aún no queda claro, por más que, quienes la esgrimen, se sirvan de ejercicios demoscópicos a modo o de dudosa credibilidad para sustentar sus afirmaciones. Sin embargo, más allá de esa carencia de evidencias que respalden su emotividad, la finalidad es clara: se parte del reconocimiento de que, para la oposición, es necesario instaurar una narrativa mediática que, además de homogénea en sus contenidos, en la forma cuente con el potencial suficiente como para movilizar entre el electorado nacional la idea de que los partidos adversos al obradorismo no están política y moralmente derrotados, como lo estuvieron a lo largo de los últimos cinco años, según repitió una y otra vez el propio Andrés Manuel desde su victoria en 2018.

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