La Barbie que nunca fue

Más allá de lo interesante que siempre resultan ser las estrategias cinematográficas que logran capitalizar la nostalgia de generaciones que vivieron en un mundo mucho más rudimentario y analógico de aquel que hoy sufren y agonizan millones de personas en su vida cotidiana, el fenómeno cultural que la película de Barbie desató por todo Occidente en las últimas semanas es llamativo debido a, por lo menos, la problematización que propone la película en torno de aquello que muchos y muchas insisten en denominar guerras culturales, y que aquí sencillamente se designará como la disputa contemporánea por el sentido histórico de los sexos, los géneros y los afectos en Occidente.

Por sí misma, por supuesto, la película permite múltiples y divergentes interpretaciones. Más que por la calidad artística de la propia obra en cuestión, por el contexto histórico en el que se inscribe (y del cual pretende ser una representación cultural suya) y por la absurda cantidad de discusiones que su guion abre sin que nunca llegue a cerrar, pese al forzado ejercicio de conclusión narrativa que el filme intenta hacer hacia el final de la obra, como para dejarle claro a las audiencias el significado del amasijo de moralejas que ésta intentó transmitirles, a menudo, hay que decirlo, de manera muy poco lograda y sumamente burda a lo largo de las casi dos horas que dura la película.

De todas esas problematizaciones abiertas y nunca cerradas por la película, pues, acá interesan tres; no tanto porque se presuma que sean las principales, y ni siquiera las más importantes de todas las que es posible hallar en el filme, sino, antes bien, debido a su aparente intrascendencia o carácter accesorio dentro de la construcción de la película. A saber: en primer lugar está la hoy tan inverosímil, pero cada vez más dogmáticamente defendida, hipótesis feminista de Barbie: esto es, la lectura contemporánea que hoy se intenta hacer de la muñeca y de todo lo que representa como un nuevo icono del feminismo contemporáneo; y uno, además, que siempre habría estado ahí, desde 1959, pero que por la fuerza ideológica del patriarcado no se habría captado con anterioridad. En segunda instancia está la tematización que hace la obra de Greta Gerwig acerca del patriarcado y lo que en la película busca aparecer como su superación. Y, en tercer término, se halla el sutil tratamiento que hace el largometraje de la maternidad y de las relaciones hoy imperantes entre madres e hijas.

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El Frente Amplio, Xóchitl Gálvez y la concepción patrimonialista del Estado mexicano

Los procesos internos para seleccionar a las personas que contenderán por la presidencia de la república, en 2024, siguen avanzando, prácticamente sin sobresaltos ni mayores dificultades que las propias de toda dinámica preelectoral, tanto entre las filas del obradorismo como entre las de la oposición a éste. Sin embargo, más allá de ciertos rasgos singulares interesantísimos y dignos de análisis que con el paso del tiempo han ido aflorando de un lado y del otro, hasta el momento, sin duda el fenómeno que más inquietudes parece despertar entre amplios sectores del electorado mexicano, y que a lo largo del último par de semanas ha conseguido instalar una nueva narrativa común a distintos medios de comunicación hostiles a la 4T —en voz de sus siempre confiables comentocracias a sueldo—, es: ¿a qué responde la insistente crítica de Andrés Manuel López Obrador esgrimida en contra de la senadora panista y probable precandidata presidencial del Frente Amplio opositor, Xóchitl Gálvez?

Apelando a cierto sentido común —perniciosa trampa intelectual, inventada por el liberalismo en el siglo XIX, que invita a renunciar a la reflexión informada, profunda y crítica—, cualquiera podría aseverar que la supuesta obsesión de López Obrador con la aún senadora panista, Gálvez Ruíz, se debe a que el presidente de México le teme, por considerarla, en principio, capaz de minar las aspiraciones presidenciales de los precandidatos y la precandidata de MORENA y, en consecuencia, destruir toda posibilidad de que el obradorismo y la 4T se consoliden como un proyecto de nación transexenal. De dónde sale esta respuesta de sentido común es algo que aún no queda claro, por más que, quienes la esgrimen, se sirvan de ejercicios demoscópicos a modo o de dudosa credibilidad para sustentar sus afirmaciones. Sin embargo, más allá de esa carencia de evidencias que respalden su emotividad, la finalidad es clara: se parte del reconocimiento de que, para la oposición, es necesario instaurar una narrativa mediática que, además de homogénea en sus contenidos, en la forma cuente con el potencial suficiente como para movilizar entre el electorado nacional la idea de que los partidos adversos al obradorismo no están política y moralmente derrotados, como lo estuvieron a lo largo de los últimos cinco años, según repitió una y otra vez el propio Andrés Manuel desde su victoria en 2018.

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Las ambigüedades de Marcelo Ebrard. ¿Continuidad o cambio?

Este lunes 19 de junio comenzaron los trabajos de base de las seis personas que contienden entre sí por ganar la candidatura única y oficial del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) para competir, en 2024, por la presidencia de la República. Y aunque apenas han transcurrido un par de días, las distancias y las diferencias encarnadas en cada uno de los proyectos políticos personificados por cada uno de los perfiles en competencia no han tardado en evidenciarse y, de paso, en comprobar que la autoridad política de López Obrador era lo único que evitaba que se hicieran tan evidentes ante el electorado como lo son ahora. Eso y un par de constricciones institucionales propias de los cargos que cada quien desempeñaba hasta antes de su registro en el partido.

Ahora que no deben de rendirle cuentas a Andrés Manuel y, sobre todo, teniendo en perspectiva que quien gane el proceso de auscultación interno de MORENA será quien presida a la nación los siguientes seis años (sin que tenga que reconocer por encima suyo a autoridad alguna), sin embargo, los estilos personales de hacer política de los cinco hombres y la única mujer que compiten en este proceso han aflorado de inmediato y, con ello, de a poco van permitiéndole al electorado mexicano observar las filias y fobias que cada uno de esos perfiles arrastra consigo.

A ese respecto, por ejemplo, en el caso de Claudia Sheinbaum (la puntera en encuestas) ha quedado claro, hasta el momento, que ella se asume conscientemente a sí misma como el perfil más auténticamente obradorista de los seis, pero sin que ello signifique sacrificar ni su propia identidad política ni, mucho menos, su propio proyecto de nación (que no es para nada una simple calca del echado a andar por Andrés Manuel este sexenio). En una tónica similar, el tercero en discordia con verdaderas posibilidades de competir contra Sheinbaum y Marcelo Ebrard, Adán Augusto López, por su parte, no ha dudado ni un segundo en venderse a sí mismo, también, como el más obradorista entre obradoristas, aunque a menudo ocultando las muchas diferencias que lo distancian de López Obrador, sobre todo en lo que respecta a su propio talante autoritario, evidenciado en su paso por la Secretaría de Gobernación.

Gerardo Fernández Noroña, por otro lado, no ha tenido empacho en demostrar que si bien no es un obradorista más, sí se ve a sí mismo como un radical a la izquierda del obradorismo. Y Ricardo Monreal y Manuel Velasco, aunque insisten en ocultar el hecho de que en realidad representan a la derecha más rastrera y acomodaticia dentro y fuera de MORENA, tampoco ponen mucho empeño en esconder, en el caso del primero, que el verdadero botín político que anhela es la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México (desde donde buscaría construir su candidatura presidencial para el 2030); y, en el del segundo, que lo que quiere es que su partido (El Verde Ecologista, aunque de ello ni tenga ni un ápice) se beneficie la siguiente administración federal con repartos de cuotas en secretarias del Poder Ejecutivo; en parte como moneda de cambio por su apoyo legislativo durante la siguiente administración, pero en parte, también, como retribución por la lealtad legislativa que mostró a Andrés Manuel desde 2018.

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