Venezuela: en defensa de la soberanía

A lo largo de las primeras horas de la madrugada de este 3 de enero del 2026, el mundo supo, principalmente a través de redes sociales, que Caracas, la capital venezolana, así como los estados de Miranda, Aragua y La Guaira, habían sido objeto de bombardeos por parte de las fuerzas militares de Estados Unidos. Apenas un par de minutos después de lo acontecido, el Gobierno de la República Bolivariana emitió un comunicado que, entre otras cosas, confirmaba la información que hasta ese momento sólo había trascendido en redes y, además de ello, llamaba a la población a resistir todo intento de intervención extranjera en el territorio, bregando por hacer a un lado diferencias políticas e ideológicas para garantizar la defensa de la soberanía nacional.

Ya al amanecer, todos los canales oficiales de comunicación del gobierno de Estados Unidos confirmaron (con triunfalismo y arrogancia) lo que durante al menos diez u once horas se sospechaba dentro y fuera de América Latina: la presidencia de Donald J. Trump había ordenado la intervención militar en el país Grancaribeño para deponer del cargo a Nicolás Maduro, trasladarlo a territorio estadounidense para su procesamiento judicial por una decena de cargos criminales y, por supuesto, asegurar el control directo de los recursos naturales venezolanos por parte de las corporaciones y los aparatos de seguridad de Estados Unidos. En conferencia de prensa en Mar-a-Lago, de hecho, alrededor del mediodía, Trump aseveró que mientras no existiesen condiciones idóneas para garantizar una transición gubernamental capaz de cumplir con las demandas de seguridad de Estados Unidos, serían las propias fuerzas armadas estadounidenses las que se harían cargo de dirigir/gobernar a Venezuela de manera directa.

A estas alturas del partido, no está demás subrayar que nada de lo acontecido en Venezuela hasta ahora quedó fuera del libreto que desde hace meses la administración Trump había dado a conocer públicamente a todo el mundo. De hecho, en más de una ocasión Trump mismo y sus principales personeros en su gabinete lo expresaron abierta y explícitamente: eventualmente, si el gobierno de Venezuela no cedía ante sus exigencias (que iban desde su aceptación a convertirse en un títere de Estados Unidos hasta la dimisión de Nicolás Maduro del cargo) las fuerzas de seguridad y los aparatos de inteligencia de Estados Unidos tomarían el asunto en sus manos y, aunque fuese por medio del uso irrestricto de la fuerza, obligarían al país a experimentar un cambio de gobierno y, más aún, de régimen político. El trumpismo, pues, no hizo más que cumplir sus amenazas; las mismas que durante meses consiguieron normalizar en amplios sectores de la comunidad internacional la eventual agresión armada yanqui a un Estado americano.

Aunque la pregunta pueda parecer ociosa para quienes han decidido atrincherarse sistemáticamente en cualquiera de los extremos de esta ecuación política (o bien el correspondiente a la dogmática defensa del gobierno de Maduro, por un lado; o bien el relativo a la intransigente demanda de una intervención extranjera en el país, por el otro), vale la pena el que sea formulada: ¿en qué medida es legítima esta intervención estadounidense en territorio venezolano?

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La excepcionalidad india

A comienzos de diciembre, con una buena parte de las agendas pública y de los medios de comunicación centrada en el análisis de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, un acontecimiento de suma importancia para la redefinición de los equilibrios y los desequilibrios de poder globales tuvo lugar en ese gigante territorial que es el Estado indio. A saber: por primera vez en poco menos de cuatro años, desde que Rusia invadiera a Ucrania en febrero del 2022, Vladimir Putin realizó una visita oficial de trabajo al presidente Narendra Modi en su propio país. En número redondos, este viaje fue, también, el tercero en el que el presidente indio recibe en su territorio nacional al mandatario ruso y hace parte de una serie de Cumbres Bilaterales anuales de las que ésta fue la vigesimotercera.

A primera vista y a juzgar por el balance que a posteriori se hizo en medios de comunicación occidentales sobre los saldos de la reunión, el que Putin visitara nuevamente territorio indio después de tantos años de no hacerlo no pasó de ser una interesante anécdota en materia de relaciones internacionales en la que, a menudo, los dos principales temas de conversación dominantes tenían que ver, por un lado, con la necesidad de recalcar el nervio autoritario y populista que ambos mandatarios representan para la comunidad internacional; y, por el otro, con resaltar lo indignante que para esa misma comunidad debería de resultar el hecho de que, para la India (cuya tradición parlamentaria suele ser bien vista en Occidente), la agresión rusa en contra de Ucrania no fuese motivo suficiente como para tomar distancia respecto de Rusia.

Vista en retrospectiva, de hecho, para una parte sustancial de la agenda mediática y de la escasa discusión pública que se generó con la noticia en Occidente, la visita oficial de Putin a Modi ni supuso un acontecimiento excepcional con capacidad alguna de modificar el curso de los acontecimientos globales en los tiempos por venir ni, mucho menos, implicó que algo en la relación bilateral entre ambos gobiernos hubiese cambiado respecto del curso inercial en el que ésta se ha encontrado a lo largo de poco más de tres años y, en particular, desde que el Estado ruso comenzó a ser objeto de un salvaje e inmisericorde régimen internacional de sanciones principalmente económicas, pero también políticas y culturales.

Desde esta perspectiva, en consecuencia, lo que sucedió en territorio indio a principios de este mes, en el mejor de los casos, únicamente significó la ratificación de las dependencias mutuas que atan a ambos Estados entre sí (con Rusia como el principal y más barato proveedor de hidrocarburos para la India y, viceversa, con la India como uno de los más grandes y dinámicos mercados de consumo de energéticos convencionales para la industria rusia en la materia). En el peor, el viaje del mandatario ruso para encontrarse con su homólogo indio no habría sido sino la materialización de la desesperación en la que se hallaría aquel derivado del desgaste natural provocado por la guerra contra Ucrania, sumado al aislamiento internacional al que por fin estaría siendo reducida Rusia gracias a las sanciones occidentales.

¿Qué tanto, no obstante, en realidad son los hidrocarburos el principal factor explicativo de todo lo que se juega en la relación bilateral indo-rusa ahora mismo y en los años por venir?, ¿y qué tanto, en verdad, la reciente visita de Putin a Modi no es más que la manifestación de la desesperación de aquel ante la perspectiva de un aislamiento mayor (según, claro, la perspectiva occidental)?

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Los espectros de Monroe en América

En los primeros días de diciembre, aprovechando como marco contextual la conmemoración del ducentésimo segundo aniversario de la proclamación de la Doctrina Monroe (enunciada por primera vez el 2 de diciembre de 1823, por el entonces presidente James Monroe), el actual titular del poder ejecutivo federal estadounidense, Donald J. Trump, anunció al pueblo que gobierna y al resto del mundo su intención de pasar a la Historia como el autor intelectual y material de uno de los ―a su decir― más extraordinarios rescates de las directrices de política exterior contenidas en esa tradición; actualizándolas para ponerlas a tono con las circunstancias tan distintas y los desafíos tan disímiles que hoy enfrenta un Estados Unidos en franca decadencia como actor hegemónico global.

Beneficiándose, pues, de la ocasión, tanto en un discurso por él pronunciado ―so pretexto de cumplir con el acto protocolario de la conmemoración de dicha Doctrina― como mediante la expedición del documento oficial relativo a la Estrategia de Seguridad Nacional de su cuatrienio, Trump (y con él su gabinete de seguridad) finalmente colocó sobre el papel, y en el documento más importante de definición de las prioridades de política exterior y de seguridad nacional del Estado estadounidense, de la manera más congruente, coherente y sistemática que le fue posible, la visión de mundo que guía y seguirá rigiendo su actuar en el seno de la arena internacional. Y lo hizo, dicho sea de paso, nada más y nada menos que colocando en el centro de su estrategia global al continente americano como el espacio geopolítico, geohistórico y geocultural del que dependen su propia fortaleza y la posibilidad de contener y revertir su declive mundial, pero, también, inscribiendo las relaciones bilaterales y multilaterales de Estados Unidos con América en lo que seguramente él, de manera personal, decidió nombrar como Corolario Trump a dicha doctrina.

 ¿Qué, exactamente, quiere decir ese corolario?, ¿cuáles son las consecuencias potenciales y/o efectivas de su adopción en materia de planeación, organización, ejecución y control de la política exterior estadounidense? Y, por supuesto, ¿qué implicaciones tiene este renovado espíritu monroísta de las élites políticas estadounidenses para los pueblos de América?

Quizás, antes que nada, lo primero que habría que precisar es que, en estricto sentido, no es ésta la primera ocasión en la que Trump y sus acólitos más fieles y cercanos se refieren a la Doctrina Monroe como el marco dentro del cual inscriben sus ambiciones en materia de política exterior, en general; y su posicionamiento estratégico en la región americana, en particular. Ya durante su primer mandato, por ejemplo, el que fuera el primer Secretario de Estado del trumpismo, Rex Tillerson, reivindicó la vigencia de dicha doctrina afirmando, en un evento auspiciado a principios del 2018 por la University of Texas (Austin), que «en ocasiones nos hemos olvidado de la Doctrina Monroe y lo que significó para el hemisferio. Es tan relevante hoy como lo fue entonces».

Mike Pompeo (quien sucediera a Tillerson en el cargo desde abril del 2018 hasta enero del 2021), por su parte, si bien tuvo mucho cuidado de nunca expresar tan prístina y literalmente algo similar a lo que en su momento sostuvo Tillerson, en sus memorias (Never Give an Inch) declaró, sin ambages ni sutilezas, lo siguiente: «recuperamos la esencia de la Doctrina Monroe bajo el presidente Trump con respecto a Venezuela, ex aliado democrático de los Estados Unidos. […] En la administración de Trump, no podíamos tolerar que una nación a solo 1,400 millas de Florida extendiera la alfombra de bienvenida para Rusia, China, Irán, Cuba y los cárteles en una violación de la Doctrina Monroe del siglo XXI».

El propio presidente Trump, en sesión plenaria de la Asamblea General de las Naciones Unidas, en septiembre del 2018, declaró en su particular y muy estrambótico estilo personal de discurrir: «aquí en el hemisferio occidental, estamos comprometidos a mantener nuestra independencia de la intrusión de potencias extranjeras expansionistas. […] Ha sido la política formal de nuestro país desde el presidente Monroe que rechacemos la interferencia de naciones extranjeras en este hemisferio y en nuestros propios asuntos».

A la luz de estas declaraciones, ¿por qué, entonces, el más reciente discurso de Trump sobre James Monroe y la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de su gobierno han cobrado, esta vez, tanta relevancia mediática?, ¿qué hay de nuevo en la suscripción de la susodicha doctrina que no hubiese sido ya antes expresado?, ¿en realidad la Estrategia de Seguridad Nacional de este año supone un salto cualitativo en la política exterior estadounidense respecto de las proclamas que sobre el mismo tópico se emitieron en el primer mandato de Trump?

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