La celebración del Consejo Nacional del Movimiento de Regeneración Nacional, el pasado domingo 11 de junio, marca el comienzo de los trabajos que este partido y, en menor medida, sus dos principales aliados, emprenderán a lo largo del siguiente año para garantizar que el proyecto de nación construido en sus bases por López Obrador durante su administración sobreviva al relevo presidencial de 2024 y, o bien se halle en condiciones de profundizarse o bien, en todo caso, por lo menos se sostenga en lo que hay de fundamental en él.
En principio, el evento en cuestión era importante para el propio partido y para su probable aunque no inevitable coalición con el Partido del Trabajo y el Verde Ecologista (que hacen parte de esa alianza más por pragmatismo que por convicción) debido a que de sus resolutivos dependerían las reglas que habrán de normar, en los meses que siguen, la forma en que los perfiles que compiten por la candidatura oficial y definitiva de MORENA para contender por la presidencia de la República el año próximo deberán de seguir si lo que se pretende, en general, es, por un lado, en efecto conseguir la victoria electoral para el Movimiento fundado por López Obrador y, por el otro, evitar cualquier tipo de rupturas que sean capaces de minar la continuidad programática de la 4T durante los siguientes seis años (o, en el peor de los escenarios, entregar el futuro del país a una oposición que durante todo este sexenio no ha hecho más que mostrar su faceta más reaccionaria y miserable).
Pero también, en segunda instancia, lo era porque, en los hechos, la totalidad del procedimiento involucrado en su celebración y en los resolutivos que saldrían de él representa una verdadera ruptura respecto de algunas de las principales y más arraigadas prácticas de la cultura política que solidificó el presidencialismo priísta en el seno del régimen político mexicano, nacido de la Revolución de principios del siglo XX. La primera de ellas, por supuesto, la que en la jerga de la política oficiosa nacional se bautizó como el dedazo (es decir, la de la designación presidencial de su sucesor al cargo, garantizando que esa persona y nadie más resultase victoriosa en los comicios que habrían de sustituirle), y cuyo correlato estaba constituido por el tapado (esto es: el ocultamiento del verdadero sucesor del presidente en funciones hasta que los tiempos políticos fuesen los indicados para garantizar su victoria; lo que a menudo implicaba sobrexponer a chivos expiatorios que desviaban la atención del electorado, de los medios de comunicación y de otros actores políticos de la verdadera candidatura elegida a dedazo).
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