Los saldos electorales de la 4T: el crecimiento de la derecha (I)

Saber si Morena ganó o perdió en las primeras elecciones intermedias por las cuales ha atravesado siendo la fuerza parlamentaria mayoritaria en el Congreso federal y, al mismo tiempo, siendo el instituto político que llevó a la presidencia de la República a Andrés Manuel López Obrador, no es tan sencillo como simplemente recurrir a una contabilización de escaños, para el caso de las Cámaras, o enumerar qué tantas gubernaturas más salieron de las filas del partido, por poner apenas un par de ejemplos. Y es que, si bien es verdad que, en términos políticos, el número de cargos de representación popular es quizás el indicador más certero para mesurar la fortaleza o la debilidad de una opción partidista, lo que hace a ese tipo de criterios inadecuados para el problema actual de Morena es que de su lectura no se extraen las mismas consecuencias cuando se aplican a un partido ya consolidado y cuando, por el contrario, se le aplican a uno cuya posibilidad de constituirse en gobierno fue producto de una movilización de masas.

Es decir, saber qué tan fuerte o qué tan débil es hoy Morena o, en otras palabras, descifrar qué tanto ganó y qué tanto perdió en retrospectiva, es decir: en comparación o contraste con los resultados que obtuvo en las elecciones pasadas (las presidenciales del 2018) no es en definitiva una tarea sencilla. Por un lado, porque la participación de la ciudadanía en los sufragios no es la misma cuando los comicios son para renovar la presidencia del país que cuando lo que se juegan son, sobre todo, municipalidades (o alcaldías), la renovación de la Cámara de diputados, gubernaturas o legislaturas locales. Y, por el otro, porque lo que ocurrió en 2018 fue, en efecto, el arrastre de un fenómeno de masas. De ahí que, en estricto sentido, al contrastar a las elecciones del 2021 con las del 2018 lo que en verdad se está realizando es un esfuerzo por igualar un momento excepcional en la vida política de Morena con uno que, de alguna manera, bien podría afirmarse que es indicativo de su comportamiento normalizado: sin todas esas variables que en el 2018 lo sobredimensionaron y le dieron un peso que no tiene.

La cultura política del centralismo presidencialista

El primer punto (sobre la naturaleza de los comicios) es importante debido a que la cultura política nacional que al México contemporáneo le heredó el priísmo del siglo XX está fundamentada en la concepción de que es el centralismo presidencialista, en el nivel federal de gobierno, el ámbito que más importa al decidir los destinos de la nación y la resolución de los problemas que aquejan a la totalidad de la sociedad. Y es que, en efecto, a pesar de que el discurso dominante de las últimas décadas (sobre todo enarbolado por analistas y comentaristas de corte liberal) lleva años enarbolando las banderas de la descentralización y del localismo (la política estatal y municipal) como dos de los principales antídotos que promovió la sociedad civil, a finales del siglo XX, para vencer la enorme concentración de poderes que los presidentes priístas habían acumulado a lo largo del tiempo (sometiendo, de facto, a la política nacional a las necesidades de la escala federal de gobierno), la realidad es que, aunque algo de eso se ha logrado, en términos generales, todavía siguen siendo el presidente y el nivel federal de gobierno las dos instancias a las que se recurre en última instancia cuando las cosas salen bien o mal (sobre todo cuando salen mal).

Así, por ejemplo, partiendo de esa lógica, se llega a afirmar que el fracaso de la transición partidista del año 2000 (cuando Vicente Fox ocupó la presidencia de la república, cambiando de partido gobernante por primera vez en casi tres cuartos de siglo), se debe, precisamente, a la presidencia de Fox, aunque en aquellas elecciones comenzaron a avanzar transiciones partidistas en las escalas municipales y estatales. La guerra contra el narcotráfico, de Felipe Calderón sigue siendo responsabilidad exclusiva de él, aunque en los hechos las formas en que se experimentó esa guerra, a lo largo y ancho del territorio nacional, estuvieron condicionadas por los poderes políticos locales. Y la podredumbre y la descomposición en la que entró la vida política nacional, durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, finalmente, también es, hasta para esos adalides de la descentralización y del actuar local, responsabilidad exclusiva de Peña Nieto y su gabinete.

¿Qué nos dicen estos diagnósticos que sexenio tras sexenio se dan y que, en los hechos, siempre apuestan porque el cambio de presidencia logre mejorar las cosas? En términos generales, lo que parecen estar indicando es que, aunque el discurso político dominante (tanto en el seno de la sociedad civil como en el de la clase política) lleva años centrándose en el problema de la descentralización y el localismo ante el centralismo en el ámbito federal, en el fondo, lo que se sigue experimentando en la práctica política (más allá de los discursos) es una enorme confianza y predisposición a disputar las grandes problemáticas nacionales en la escala nacional y partiendo del entendido de que es el poder ejecutivo federal el que mayores atribuciones y mayor concentración de poderes y facultades tiene para solucionar las cosas. ¿No es, acaso, a la presidencia de la república a la que se recurre cuando la política municipal y estatal no dan respuestas a los problemas de la sociedad civil?

Quizá comprobar esta esta contradicción entre la percepción del ejercicio del poder político y su aceptación y reproducción práctica específica no sea tan sencillo si se parte del entendido de que la aceptación de esto último se da más bien como un sentido común manifiesto en el nivel de las masas sociales. Sin embargo, el que esto sea así tampoco quiere decir que nada haya cambiado en la historia del Estado mexicano desde mediados del siglo XX hasta la actualidad. Y es que, en efecto, en comparación, el centralismo y el peso de la política nacional que se viven hoy, en México, es sin duda una experiencia de mucha menos concentración de poderes en el ámbito federal de lo que se vivió, por ejemplo, con presidencias como la de Lázaro Cárdenas, Gustavo Díaz Ordaz e, inclusive, con Miguel de la Madrid.

De ahí que, aunque en verdad a lo largo de las últimas décadas se ha avanzando en descentralizar poderes (por lo menos formalmente, a pesar de que muchas veces de facto se mantengan subordinados al presidencialismo) lo que realmente interesa aquí destacar es que, en los momentos electorales, lo que parece seguir dominando en el sentido común del grueso de las capas populares de la población es que los problemas de su día a día se resuelven no en el ámbito y por los poderes locales, sino, antes bien, en el ámbito federal y por el poder central del ejecutivo: el presidente y su gabinete. Si a esto se suma que en las elecciones del 2018 la persona que se postuló para ocupar la presidencia de la república fue un personaje con un enorme potencial carismático y una biografía que muy pocas personalidades de la política nacional pueden presumir, lo primero que se llega a comprender es que la ausencia de esa figura en los comicios de este 2021, el que no fuese un factor la necesidad de respaldar específicamente a ese personaje —y no tanto a la plataforma partidista de la cual salió— jugó, sin duda alguna, un rol importantísimo para decantar algunas posturas en favor o en contra del partido en las urnas.

El momento extraordinario: movimiento de masas, no partido

El segundo punto que dificulta la comparación de las presidenciales del 2018 y las intermedias del 2021 es que, en el 2018, Morena irrumpió en la política nacional, estatal y municipal como un movimiento de masas alrededor del cual se aglutinaron una diversidad y una multiplicidad de sectores y de clases sociales que no necesariamente militaban por convicción en las filas del partido, sino que, por lo contrario, ya sea que vieran a Morena como la opción por la que había que votar para hacer valer la utilidad del voto o, en su defecto, que utilizaran a dicho partido para castigar a sus institutos políticos tradicionales (PAN, PRI, PRD, MC, etc.), lo que es un hecho es que el comportamiento electoral de Morena en 2018 no puede ser calificado como su comportamiento normal, natural. Antes bien, lo que sucedió en aquella ocasión fue una cosa excepcional cuyos resultados muy previsiblemente no se repetirán (en gran medida debido a que nadie más llena el carisma que reviste a la figura de López Obrador).

Cobrar conciencia de este factor es importante porque es a través de él que se hace posible el contar con una lectura más acertada de los resultados obtenidos por el partido en este 2021. De nueva cuenta, quizás alcanzar a apreciar la trascendencia de este detalle no es del todo claro porque la cultura política que le heredó el priísmo a la ciudadanía, asimismo, se cimentaba en la capacidad que el Revolucionario Institucional tenía para movilizar corporativamente a enormes sectores de la población, sobre todo a través de sus tres centrales sindicales: la Confederación Nacional Campesina, la Confederación de Trabajadores de México y la Confederación Nacional de Organizaciones Populares. Y es que, en efecto, en sus años de gloria, el priísmo logró repetir movilizaciones de masas sexenio tras sexenio gracias a esa captura del electorado a través de su organización sindical.

En el caso de Morena, lo que queda claro es que repetir el arrastre de múltiples y diversos sectores de la sociedad en 2021 sería una proeza poco factible no únicamente porque en 2018 muchos de los votos que obtuvo el partido fueron a parar a sus casillas por una serie de motivos que poco tienen que ver con un sentimiento de identificación y una convicción de militancia, sino, asimismo, debido al desgaste natural que los partidos sufren una vez que de ellos emanan gobiernos y, sobre la marcha, el electorado no militante que les confió su sufragio valora si refrenda esa confianza o si la retira convencido de que nunca debió de darle la oportunidad de gobernar en primer lugar.

La precisión parece un absurdo (toda vez que es claro que el propósito de un partido político es lograr atraer hacia sí las preferencias electorales de aquellos sectores de la ciudadanía que no forman parte de su militancia). Y, sin embargo, reconocerla no es fútil, pues aunque para el 2018 Morena ya contaba con su registro como partido político, en el día a día, en su funcionamiento, siempre se comportó como un movimiento de masas en el cual se procuró integrar a una diversidad de intereses, de estratos y de clases sociales con muy pocos puntos de contacto o agendas compartidas. Ahora bien, por qué, entonces, Morena logró aglutinar a intereses, clases y estratos sociales tan disímiles en un momento de crisis aguda de la política nacional, en 2018, eso, es un análisis que quizá en otro momento se deba de realizar, ya que excede los límites de este texto. Por ahora, lo apremiante es saber en qué cosas falló el partido que le hicieron perder electorado y qué aciertos tuvo.

La gran derrota: el fortalecimiento de la extrema derecha

Para no entrar en una discusión sobre pérdidas absolutas ante ganancias absolutas, quizá lo más importante que habría que señalar aquí es que lo perdido en determinados espacios se recuperó como ganancia en otros. Así, por ejemplo, aunque es indudable que los resultados de la Ciudad de México son los más desastrosos para el partido, también es verdad que en otras entidades de la república las ganancias fueron mayúsculas, y ello no única ni primordialmente por el número de gubernaturas con las que ahora cuenta el partido, sino, ante todo, debido, por un lado, a las capacidades de penetración del partido en geografías en las que hace tres años apenas y tenía presencia o no tenía presencia en absoluto; y, por el otro, gracias al proceso de decantado y de maduración (habría que decir: de definición y de estabilización) del electorado de Morena ahí en donde en 2018 irrumpió intempestivamente.

Una forma de apreciarlo es observando, sin ir más lejos, que tanto en las elecciones locales como en las federales, entidades que durante casi un siglo no habían sido gobernadas por otro partido que no fuese el PRI (como Campeche y Colima) o que en años recientes habían fluctuado entre el panismo, el priísmo y el perredismo (casos de Sinaloa, Zacatecas y Nayarit), ya fuese en solitario o a través de alianzas pragmáticas —desafiando toda coherencia de sus respectivas ideologías—, hoy se hallan asediadas por las preferencias de un electorado que se desplazó (en algunas ocasiones radicalmente) hacia la izquierda, concediéndole a Morena la oportunidad de constituirse como gobierno local en esas entidades. De ahí que, más allá de la obviedad de ese dato, que es evidente en sí mismo, lo que resulta realmente interesante de este caso es que, además de contar con presencia en entidades en donde hace tres años Morena no era una fuerza política sustancial, en casos como los de Baja California y Baja California Sur, Sonora, Sinaloa y Nayarit lo que se observa es un cierto grado de estabilización de las preferencias electorales de sus respectivas poblaciones por el partido, consolidándose y volviéndose, hasta cierto punto, mucho más militantes.

Algo similar ocurre en el sureste y suroeste del país, en donde en 2018 cultivó algunos de sus principales triunfos y ahora, tres años después, el electorado en esas entidades parece estarse consolidando en sus preferencias por el partido de López Obrador. Así lo demuestran, por ejemplo, los casos de Veracruz, algunas de las zonas costeras de Guerrero, Oaxaca y Chiapas; las regiones del centro y norte de Campeche y Tabasco, así como el Sur de Quintana Roo.

¿Cómo interpretar, pues, esa distribución territorial del voto obtenida por Morena en el lapso que va del 2018 al 2021? Tres son, quizá, los datos más relevantes. Primero, es fundamental el tener claro que, en las representaciones geográficas que se hacen de las votaciones en el país, los mapas que pintan a entidades enteras del color del partido que venció en las elecciones para gubernaturas o para representación en las Cámaras del Congreso reproducen el error de no mostrar la distribución espacial de las preferencias electorales en las unidades más pequeñas delimitadas por la normatividad electoral: los distritos. Y tomar conciencia de este dato es esencial precisamente porque esa distribución no es homogénea: por lo contrario, al captar las diferencias distritales y contrastarlas, por ejemplo, con la manera en que se distribuye la población en la totalidad de la entidad (entre zocas urbanas y zonas rurales; entre zonas de alta concentración de riqueza y las marginales; entre zonas de alta densidad poblacional y las de menor población) lo primero que se observa es que, aunque Morena ganó gubernaturas y diputaciones federales en entidades como Michoacán, Guerrero, Baja California y Campeche, fueron zonas muy específicas las que le zanjaron esas victorias al partido.

Así pues, es ahí, en el análisis de los distritos ganados en donde se hace posible apreciar que, de nueva cuenta, entidades que tradicionalmente se han caracterizado por concentrar altos grados de riqueza ahora serán gobernadas por Morena debido, de entrada, a que fueron las poblaciones más marginadas las que se movilizaron para apoyar con sus sufragios al partido; y, en seguida, a que distritos en donde es predominante la presencia de las clases medias y estratos sociales en mejores condiciones que los deciles más explotados también se plegaron alrededor de la agenda propuesta del partido. Diríase, por lo tanto, que en esos casos particulares el voto duro de Morena estuvo marcado por la participación de las clases más explotadas y empobrecidas, y el resto de los apoyos se debió a una suerte de concertación con poblaciones que habitan distritos de mayores ingresos. Eso es lo que explica, en parte, que en las entidades del Norte el voto fuerte de Morena se diera en las franjas citadinas más próximas a la frontera (en donde predominan niveles brutales de desigualdad urbana debido a la naturaleza del mercado laboral de maquilas); mientras que en las zonas más céntricas, en esas mismas entidades fronterizas, las preferencias electorales por el partido fuesen menos marcadas. Baja California Chihuahua, Coahuila y Tamaulipas así lo demuestran.

El segundo dato revelador que se obtiene del análisis de la distribución territorial del voto captado por el partido del presidente tiene que ver con el comportamiento y los resultados obtenidos en la franja del sureste del país, precisamente por aquellos territorios a través de los cuales operará el Tren Maya. Y es que, a juzgar por la presencia que el tema tuvo en medios durante un tiempo importante, a lo largo de estos tres años de gobierno de la 4T, quizás uno de los resultados que más se esperaba conseguir en esas regiones, dada la oposición que se ha mostrado al despliegue de dicho proyecto de infraestructura, era que los Estados peninsulares y del corredor central hacia el sur del país castigaran a Morena y a López Obrador en las urnas. Y sin embargo no fue así. Por lo contrario, en el nivel distrital, lo que se comprueba es que hubo una mayor presencia en zonas en las cuales no era una fuerza fundamental y, ahí en donde ya se encontraba pujante, se fortaleció. Algunas partes de Chiapas y del oriente de Campeche siguen siendo excepción, pero, en general, el desempeño en esas entidades fue mejor que hace tres años.

Finalmente, el tercer rasgo interesante que arrojan estas observaciones es que la fuerza política que se ha visto más golpeada por el avance de Morena y, hasta cierta punto, sustituida por éste, es el priísmo, lo cual, no sobra señalarlo, supone el que podría ser uno de los mayores retos que tendrá que enfrentar la 4T en los siguientes años (si es que busca consolidarse como una apuesta transexenal): el fortalecimiento del panismo, por sí mismo, pero también a causa del desplazamiento del priísmo hacia posturas más de derecha en aquellas agendas en las que aún defendía posiciones mas de centro.

¿En dónde es posible observar estos reacomodos? Esa sustitución del priísmo por parte de Morena es, sobre todo, más visible en las entidades del norte del país: desde Jalisco, Zacatecas y San Luis Potosí hacia la frontera con Estados Unidos; y en el sur, desde Tabasco hasta Quintana Roo. El fortalecimiento del panismo, por otro lado, es a todas luces comprobable en las entidades del bajío, como Guanajuato y Querétaro, el sur de San Luis Potosí, el sur y oriente de Jalisco y el sur de Tamaulipas. Regiones en las que no muy sorpresivamente la penetración de Morena es ínfima. Habría que decir, además, que si en alguna parte de la geografía nacional el panismo logró cultivar victorias electorales que, sin duda, le serán costosísimas a Morena, esa zona es el occidente de la Ciudad de México, en donde a pesar de no haber ido en solitario en el grueso de las alcaldías por las cuales compitió, el perfil dominante en cada una de esas contiendas fue a todas luces el del panismo. El occidente del Estado de México, dicho sea de paso, se volcó hacia el panismo, mientras que el oriente lo hizo hacia el morenismo.

De nueva cuenta, lo que mejor retratan esas geografías es que las zonas con mayores índices de pobreza (y no tanto de desigualdad, en el entendido de que no son fenómenos análogos) son las que mayores resultados dieron al partido del presidente, mientras que aquellas con mayores ingresos optaron por desplazarse en el espectro ideológico hasta apuntalar algunas de las agendas más abiertamente conservadoras y neoliberales del panismo: el PRD simplemente desapareció del mapa político mexicano, pero no porque no ganara nada en absoluto (sus coaliciones ya tradicionales con el PAN y con el PRI, en duetos, o la más reciente triada de panismo, priísmo y perredismo unidos en Va por México le permitieron sobrevivir para mantenerse como un partido rémora en la Cámara de diputados y cogobernar en donde quiera que haya ido en coalición). Si esta fuerza política desapareció fue porque los perfiles ganadores en las contiendas, aunque fuesen representativos de una coalición, en el fondo, las agendas que más movilizaron fueron precisamente las del panismo.

Ahora bien, que Acción Nacional terminara dominando los perfiles, el discurso y la agenda de la coalición Va por México en diversos distritos es preocupante, y podría convertirse en la mayor amenaza de Morena para los siguientes años, porque es en el crecimiento del panismo en donde se verifica de manera más palpable el desplazamiento hacia posturas más de derecha (más racistas, más sexistas y, sobre todo, más clasistas) de enormes proporciones de la ciudadanía, y en particular de algunas capas de las clases medias. Y aunque esto ya es alarmante por sí mismo, lo que resulta fundamental comprender es que, de radicalizarse esa tendencia, uno de los posibles caminos que podría seguir la política mexicana en los años por venir es que sean esos estratos los que comiencen a movilizarse cada vez con más ahínco en el espacio público para reclamar la instauración de gobiernos cada vez más autoritarios y conservadores: gobiernos fuertes (según un viejo eufemismo) que logren poner en orden a las masas trabajadoras en las cuales observan un peligro a su propia condición de clase.

Argentina, con Macri; Brasil, con Bolsonaro; Ecuador, con Lasso; Bolivia, con Añéz; Perú, con Fujimori; Colombia, con Duque; Chile, con Piñera y Uruguay, con Lacalle Pou; son apenas un par de ejemplos de las múltiples formas que los reacomodos de la derecha y la extrema derecha son capaces propiciar (personificada y movilizada, en especial, a través de las clases medias y pequeñas burguesías) cuando más se sienten acorraladas en un supuesto peligro (atizado por la izquierda) de reducirlas a la condición de empobrecimiento en la cual se mantienen los sectores más explotados y pauperizados de la población. Desde guerras jurídicas (lawfare) y golpes de Estado hasta intervenciones armadas directas, por parte de los cuerpos castrenses del Estado, pasando por agendas de endeudamiento criminales y por reversión de las políticas sociales llevadas a cabo por la izquierda, en cada caso y en cada experiencia vivida por las naciones americanas en los últimos años lo que se repite es esa constante de radicalizar la ofensiva en contra de lo popular-nacional: en contra de los servicios públicos, de la rectoría del Estado en la economía, de la soberanía energética, de la política salarial digna y de las decisiones que tienen por objeto mejorar las condiciones de vida de todas aquellas personas que para el neoliberalismo no fueron más que despojos humanos, útiles en tanto que fuerza de trabajo, pero nada más.

Las derechas americanas y, junto con ellas, la mexicana, pueden llegar a ser profundamente nacionalistas. Y, sin embargo, a pesar de compartir ese rasgo, algo que históricamente han dejado en claro (sobre todo las derechas neoliberales como lo es el panismo) es que se saben articular regionalmente para fortalecer sus propias posiciones de poder en los Estados en los que son la fuerza política dominante o la gobernante. La profunda y sistemática polarización que causa el discurso de López Obrador, por eso, aquí, podría encontrase con la que sería su mas grande contradicción y su mayor aberración: la de alimentar, desde sus entrañas mismas, la radicalización de esas capas hasta el punto en que lograr cualquier tipo de alianza o concertación entre clases con intereses divergentes se vuelva imposible.

Pero además, por si ello no fuese poca cosa, al haberse debilitado la presencia de Morena en la Cámara de diputados (dependiendo cada vez más de aberraciones como el PVEM), el otro riesgo que se corre es el de un mayor acercamiento entre los intereses empresariales afectados (u ofendidos) por las políticas que el gobierno federal ha promovido en los últimos tres años, por un lado; y esos estratos de la clase media que no duraron en hacer de su clasismo su principal ariete para hostilizar a las capas populares de la sociedad, por el otro. Después de todo, si hasta la fecha esa alianza no ha encontrado alicientes suficientes como para consolidarse (a pesar de todos los esfuerzos puestos en marcha por el gran empresariado y sus asociaciones civiles) eso se ha debido más a las indefiniciones y las indecisiones políticas de las clases medias que a las tentativas de ese empresariado de organizarlas (como en el caso de FRENA). Un cambio de percepción acerca de las fortalezas de López Obrador y del partido, operando de manera sincronizada en la conciencia del empresariado y de las clases medias que en estos tres años se han desplazado más hacia los extremos de la derecha en el espectro ideológico podría muy bien cambiar esa correlación de fuerzas.

De ahí, entonces, que sea necesario, asimismo, analizar las causales que llevaron a ese desplazamiento a una parte de las clases medias, pero también que sea importante comprender que éste no fue el único grupo poblacional que adoptó posiciones ideológicas más conservadoras respecto de las que se apreciaron en 2018. Algunas de las más apremiantes entre ellas son: a) la fortaleza del bloque constituido por el priísmo, el panismo y el perredismo; b) el abandono, por parte de Morena, del enorme trabajo de base que realizó en las campañas presidenciales de hace tres años; c) los efectos que tuvieron en el debilitamiento de Morena los perfiles presentados por su dirigencia y la acrítica aceptación, al interior del partido, de ese mantra que alguna vez expresó López Obrador, acerca de la derrota moral y política de la derecha; d) los errores cometidos por los gobiernos emanados del partido en materia de violencias de género y la indolencia que en distintas ocasiones mostraron a las mujeres movilizadas en el país; e) el impacto que tuvo el sectarismo desplegado por el Instituto Nacional Electoral y, f) la profundidad o la superficialidad de los cambios impulsado por los gobiernos de Morena tendientes a mejorar las condiciones de vida de las capas populares de la sociedad.

Todo ello es materia de una siguiente entrega.

*Un análisis más detallado sobre la geografía electoral de México es el realizado por el Dr. Willibald Sonnleitner, investigador de El Colegio de México. https://aristeguinoticias.com/0806/mexico/analisis-de-la-geografia-electoral-no-hay-uno-ni-dos-mexico-sino-una-gran-diversidad/