La Cumbre de cuál América…

¿Cuáles de todas las Américas que existen en este continente fueron las convocadas por el mandatario estadounidense, Joe Biden, para formar parte de los trabajos de la IX Cumbre, celebrada en California desde el pasado seis de junio? Y, sobre todo, ¿qué América se espera que emerja de dicho encuentro? Ambas preguntas parecen ociosas —y hasta profundamente retóricas— en la medida en que dan por hecho que existe más de una América y, sin embargo, por lo menos en México, a partir del debate que inauguró el presidente Andrés Manuel López Obrador, a raíz de su negativa a asistir a dicha Cumbre si no participaba en ella la totalidad de Estados que conforman el continente, son dos cuestionamientos de lo más pertinentes.

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La política de poder de las grandes potencias: racionalizar el caos

En la larga historia del moderno sistema mundial, una cosa es segura (dada su tendencia a comportarse en forma cíclica): en el capitalismo global, las crisis coyunturales son recurrentes y las crisis estructurales son inevitables. Pero un periodo o un momento de crisis, no obstante, no es cualquier fenómeno en el marco de funcionamiento de este sistema de dimensiones planetarias: cuando se producen, tienden a orillar a los actores a actuar de manera distinta a como lo harían mientras la lógica del capitalismo opera con relativa normalidad. Y si bien es verdad que esta afirmación parece ser poco menos que evidente en y por sí misma, a juzgar por la forma en la que se ha abordado intelectualmente la confrontación entre Rusia, por un lado; y Estados Unidos y la OTAN, por el otro; la realidad de la cuestión es que esta comprensión de las crisis como un elemento determinante en el diseño y el despliegue de la Raison d’état de las grandes potencias no parece ser muy bien aceptada.

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La crisis de la geocultura global: repensar la crisis ucraniana en perspectiva sistémica

Quizás habría que comenzar estas breves notas partiendo de hacer explícita una consigna: el imperialismo es imperialismo con independencia de si la potencia que lo practica es Estados Unidos, Francia, China o Rusia. Hoy, en medio de la que probablemente es la campaña mediática más grande en la historia de la comunicación política moderna desde los tiempos de las dos guerras mundiales y de la invasión estadounidense a Vietnam, recordar y sostener con firmeza esta simple constatación de hechos es, por lo menos para las izquierdas del mundo, el principio ético y político mínimo al cual debe de apelarse si de manera auténtica y con espíritu crítico se aspira a construir un mundo mucho más democrático, más igualitario, más libre y socialmente justo. Ningún sentimiento antiestadounidense, antioccidental, antirruso, antichino, o similares y derivados, para quienes militan en la defensa de estas causas, nunca debería de ser suficiente pretexto para justificar y conceder legitimidad a una agresión armada, ya sea que ésta se produzca entre grandes potencias, entre superpotencias y sociedades periféricas o sólo entre periferias. El sufrimiento y la miseria que causa la violencia desatada por toda guerra de agresión, entre las masas más empobrecidas y explotadas, sencillamente no vale su defensa.

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