Los espectros de Monroe en América

En los primeros días de diciembre, aprovechando como marco contextual la conmemoración del ducentésimo segundo aniversario de la proclamación de la Doctrina Monroe (enunciada por primera vez el 2 de diciembre de 1823, por el entonces presidente James Monroe), el actual titular del poder ejecutivo federal estadounidense, Donald J. Trump, anunció al pueblo que gobierna y al resto del mundo su intención de pasar a la Historia como el autor intelectual y material de uno de los ―a su decir― más extraordinarios rescates de las directrices de política exterior contenidas en esa tradición; actualizándolas para ponerlas a tono con las circunstancias tan distintas y los desafíos tan disímiles que hoy enfrenta un Estados Unidos en franca decadencia como actor hegemónico global.

Beneficiándose, pues, de la ocasión, tanto en un discurso por él pronunciado ―so pretexto de cumplir con el acto protocolario de la conmemoración de dicha Doctrina― como mediante la expedición del documento oficial relativo a la Estrategia de Seguridad Nacional de su cuatrienio, Trump (y con él su gabinete de seguridad) finalmente colocó sobre el papel, y en el documento más importante de definición de las prioridades de política exterior y de seguridad nacional del Estado estadounidense, de la manera más congruente, coherente y sistemática que le fue posible, la visión de mundo que guía y seguirá rigiendo su actuar en el seno de la arena internacional. Y lo hizo, dicho sea de paso, nada más y nada menos que colocando en el centro de su estrategia global al continente americano como el espacio geopolítico, geohistórico y geocultural del que dependen su propia fortaleza y la posibilidad de contener y revertir su declive mundial, pero, también, inscribiendo las relaciones bilaterales y multilaterales de Estados Unidos con América en lo que seguramente él, de manera personal, decidió nombrar como Corolario Trump a dicha doctrina.

 ¿Qué, exactamente, quiere decir ese corolario?, ¿cuáles son las consecuencias potenciales y/o efectivas de su adopción en materia de planeación, organización, ejecución y control de la política exterior estadounidense? Y, por supuesto, ¿qué implicaciones tiene este renovado espíritu monroísta de las élites políticas estadounidenses para los pueblos de América?

Quizás, antes que nada, lo primero que habría que precisar es que, en estricto sentido, no es ésta la primera ocasión en la que Trump y sus acólitos más fieles y cercanos se refieren a la Doctrina Monroe como el marco dentro del cual inscriben sus ambiciones en materia de política exterior, en general; y su posicionamiento estratégico en la región americana, en particular. Ya durante su primer mandato, por ejemplo, el que fuera el primer Secretario de Estado del trumpismo, Rex Tillerson, reivindicó la vigencia de dicha doctrina afirmando, en un evento auspiciado a principios del 2018 por la University of Texas (Austin), que «en ocasiones nos hemos olvidado de la Doctrina Monroe y lo que significó para el hemisferio. Es tan relevante hoy como lo fue entonces».

Mike Pompeo (quien sucediera a Tillerson en el cargo desde abril del 2018 hasta enero del 2021), por su parte, si bien tuvo mucho cuidado de nunca expresar tan prístina y literalmente algo similar a lo que en su momento sostuvo Tillerson, en sus memorias (Never Give an Inch) declaró, sin ambages ni sutilezas, lo siguiente: «recuperamos la esencia de la Doctrina Monroe bajo el presidente Trump con respecto a Venezuela, ex aliado democrático de los Estados Unidos. […] En la administración de Trump, no podíamos tolerar que una nación a solo 1,400 millas de Florida extendiera la alfombra de bienvenida para Rusia, China, Irán, Cuba y los cárteles en una violación de la Doctrina Monroe del siglo XXI».

El propio presidente Trump, en sesión plenaria de la Asamblea General de las Naciones Unidas, en septiembre del 2018, declaró en su particular y muy estrambótico estilo personal de discurrir: «aquí en el hemisferio occidental, estamos comprometidos a mantener nuestra independencia de la intrusión de potencias extranjeras expansionistas. […] Ha sido la política formal de nuestro país desde el presidente Monroe que rechacemos la interferencia de naciones extranjeras en este hemisferio y en nuestros propios asuntos».

A la luz de estas declaraciones, ¿por qué, entonces, el más reciente discurso de Trump sobre James Monroe y la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de su gobierno han cobrado, esta vez, tanta relevancia mediática?, ¿qué hay de nuevo en la suscripción de la susodicha doctrina que no hubiese sido ya antes expresado?, ¿en realidad la Estrategia de Seguridad Nacional de este año supone un salto cualitativo en la política exterior estadounidense respecto de las proclamas que sobre el mismo tópico se emitieron en el primer mandato de Trump?

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One Piece y la Generación Z: ¿sacar la revolución de un manga?

Los símbolos que nacen, se descubren, se inventan o se construyen en un momento histórico de ebullición social siempre son, además de reveladores del espíritu de época que anima el malestar popular, poderosos artefactos sintetizadores de las pasiones, de las aspiraciones y de los reclamos que, en el fondo, movilizan a las masas que antes durante y/o después del estallido los reivindican como una bandera más de su lucha. Tan singular es esta característica de los símbolos en momentos especiales de conflictividad sociopolítica que, a menudo, a toda una era o a una época se la suele identificar y recordar más por los vestigios simbólicos que su decadencia y derrumbe dejaron tras de sí que por la propia naturaleza violenta de los acontecimientos en los cuales se inscribieron.

Así, por ejemplo, durante los sucesos de la Revolución Francesa, la toma de La Bastilla, el 14 de julio de 1789, demostró ser mucho más relevante como acontecimiento simbólico para el decurso histórico de la propia Revolución que por su importancia táctica, estratégica, política y/o militar real. El asalto popular de una de las principales prisiones del absolutismo regio francés, símbolo de su arbitrariedad y de su intolerancia ante la crítica, así, en ese suceso particular fue mucho más importante para la Revolución y para el nacimiento de la Primera República francesa porque su caída se asumió metafóricamente como la imagen de la derrota de la propia monarquía que por la nula trascendencia que dicho edificio en efecto tenía para definir la guerra en contra de la corona.

Doscientos años después, el derrumbe del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, también demostró ser ―como La Bastilla para el Ancien Régime― un acontecimiento mucho más efectivo para dar cuenta del fracaso histórico de toda una época (la del experimento del comunismo real en un solo país) por el simbolismo que este suceso tuvo en la conciencia tanto de Oriente como de Occidente que lo que lo fue el propio desmoronamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Tanta es la distancia que separan al hecho simbólico de su realidad material efectiva que, a pesar de que la desintegración de la URSS se consumó hasta dos años después de la caída de El Muro, el 9 de diciembre de 1991, en general, en el imaginario colectivo occidental es 1989 y no 1991 la fecha que se recuerda como el año del fin de la Guerra Fría y del ensayo soviético.

Salvando todas las distancias que se quieran, en la historia nacional de México, por ejemplo, artefactos simbólicos análogos a los de La Bastilla francesa y El Muro berlinés/soviético se han transmitido de generación en generación, en los libros de texto, en la cultura popular y, como no podía ser de otro modo, en el calendario cívico federal para sintetizar el rol histórico y político de las masas en la construcción de la identidad nacional. Así, por ejemplo: el repique de las campanas en la Parroquia de Dolores, en Dolores Hidalgo, Guanajuato, el 16 de septiembre de 1810, o la toma de la Alhóndiga de Granaditas, posibilitada por el Pípila, el 28 de septiembre de ese mismo año; el famoso carruaje de Benito Juárez (en el que se dice que viajó la República cuando México fue intervenido por Francia y otras potencias coloniales a mediados del siglo XIX), aún expuesto en el Museo Nacional de Historia con toda su solemne austeridad frente a la ostentación aristocrática de la carroza de Maximiliano de Habsburgo; o los asesinatos de Belisario Domínguez, de Gustavo y de Francisco I. Madero, en octubre de 1913, el primero, y en febrero del mismo año los otros dos; son, hasta hoy, metáforas, acontecimientos simbólicos que condensan, en el corazón mismo del nacionalismo mexicano, el espíritu de época que animó a las masas frente a los poderes que los explotaban económicamente, los marginaban socialmente y los dominaban políticamente. A saber: la Independencia nacional ante el régimen colonial, primero; la República liberal frente al imperialismo occidental, después; y la Revolución popular contra la dictadura oligárquica, al final.

Ahora bien, dadas las recientes manifestaciones que se sucedieron en la capital mexicana los pasados nueve y quince de noviembre, en ambos casos apelando a la Generación Z como su sujeto histórico y político convocante (aunque ya se ha discutido hasta la saciedad el deslinde de la Generación Z de una de las marchas: la del día quince), no perder de vista consideraciones como éstas a propósito de los símbolos populares y revolucionarios en momentos de singular crispación viene a cuento porque, como lo habrá notado cualquiera que haya prestado atención a la sucesión de eventos, un símbolo, en particular, tendió a popularizarse como la imagen visible más representativa de ambas movilizaciones. El símbolo en cuestión es la bandera de una tripulación pirata (los Sombrero de Paja o Muguiwara) de un manga japones (One Piece), del que es autor intelectual y material el Mangaka Eiichirō Oda (Kumamoto, 1° de enero de 1975).

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Trump en Asia: la involuntaria regionalización de la política de poder estadounidense

A lo largo de cinco días, entre el domingo 28 y el jueves 30 de octubre del año en curso, el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, realizó una gira de trabajo por el Sudeste asiático que incluyó, además de su participación en dos de los mecanismos de regionalización más importantes de la zona (la Asociación de Naciones del Asia Sudoriental, concertada en Kuala Lumpur, por un lado; y el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico, congregado en Gyeongju, por el otro), reuniones bilaterales al más alto nivel diplomático con Jefes y Jefas de Estado y/o de Gobierno de Malasia, Japón, Corea del Sur y, por supuesto, China (además de Brasil, pero eso es materia de otro análisis).

En los nueve meses que lleva ejerciendo el cargo de titular del poder ejecutivo estadounidense, ésta es la primera vez que Trump cumple con una agenda de trabajo tan cargada de contenido y tan movida en esta región del mundo. De hecho, si se comparan los resultados que él ―personalmente, no necesariamente como presidente de Estados Unidos― consiguió en esta ocasión, respecto de lo que en esa misma zona de Asia obtuvo la última vez que visitó al continente (en 2019), la realidad es que, esta vez, desde su propio punto de vista, parece haber conseguido todo lo que esperaba obtener como concesiones de sus contrapartes asiáticas; aún si en la mayoría de los casos presionó hasta el final para incrementar sus exigencias.

¿En qué medida, no obstante lo anterior, mucho de lo que hoy por hoy Trump en persona considera como un logro personal ―de su estilo de ejercer la diplomacia y en relación con su agenda ideológica prioritaria― en verdad puede interpretarse como una conquista para el Estado estadounidense, en razón de sus propios intereses estratégicos, de su agenda de seguridad nacional y de su posicionamiento geopolítico en el seno de la economía mundial? La respuesta es relativamente sencilla (que no simple), si se aprecia al momento coyuntural en su justa dimensión y, en paralelo, se presta un poco más de atención a las consecuencias de largo plazo derivadas de los acuerdos a los que llegó en cada uno de los países que visitó.

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