La Cumbre de cuál América…

¿Cuáles de todas las Américas que existen en este continente fueron las convocadas por el mandatario estadounidense, Joe Biden, para formar parte de los trabajos de la IX Cumbre, celebrada en California desde el pasado seis de junio? Y, sobre todo, ¿qué América se espera que emerja de dicho encuentro? Ambas preguntas parecen ociosas —y hasta profundamente retóricas— en la medida en que dan por hecho que existe más de una América y, sin embargo, por lo menos en México, a partir del debate que inauguró el presidente Andrés Manuel López Obrador, a raíz de su negativa a asistir a dicha Cumbre si no participaba en ella la totalidad de Estados que conforman el continente, son dos cuestionamientos de lo más pertinentes.

No sólo ni en primera instancia porque de las respuestas que se den dependerá la evaluación que en México se haga de la política exterior del primer gobierno que emana de la Cuarta Transformación, sino, ante todo, porque de la resolución que se ofrezca a ambas interrogantes dependerán, en gran medida, las posibilidades con las que contarán los pueblos que habitan en la región, en los años por venir, para avanzar sobre algunas agendas que, hoy más que nunca, le son de enorme importancia. Y es que, en efecto, aunque en términos geográficos a América siempre se la piensa como una única masa continental conformada por una treintena de Estados-nacionales (a menudo segmentados entre un Norte, un Sur y un Centro-caribe por lo demás abstractos), la realidad es que, en términos históricos, culturales, políticos y económicos, América es, en realidad, muchas Américas, y ningún proceso de unidad regional que pretenda ser exitoso puede sencillamente obviar ese dato (no, por lo menos, si el propósito es conseguir la unidad partiendo de la diversidad, en lugar de aniquilar lo diverso para conseguir una falsa homogeneidad).

Dentro de la larga y nutrida tradición del pensamiento social americano y, en particular, en el seno de la filosofía política americana que desde hace siglos procura darle un sentido de unidad a las múltiples y diversas realidades políticas, económicas, culturales e históricas que se experimentan a lo largo y ancho del continente, por ejemplo, una idea que se repite con insistencia es aquella que distingue entre, por lo menos, dos grandes matrices culturales, dos actitudes de vida y/o dos opciones civilizatorias distintas: la América latina y la América anglosajona (o simplemente sajona). Es decir, la América que, en términos geográficos, va desde los márgenes del Río Bravo, en la frontera Norte de México, hasta el archipiélago de la Tierra de Fuego, en la frontera Sur de Argentina y Chile; por un lado, y la América que en esencia constituyen sólo Estados Unidos y Canadá, por el otro.

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La política de poder de las grandes potencias: racionalizar el caos

En la larga historia del moderno sistema mundial, una cosa es segura (dada su tendencia a comportarse en forma cíclica): en el capitalismo global, las crisis coyunturales son recurrentes y las crisis estructurales son inevitables. Pero un periodo o un momento de crisis, no obstante, no es cualquier fenómeno en el marco de funcionamiento de este sistema de dimensiones planetarias: cuando se producen, tienden a orillar a los actores a actuar de manera distinta a como lo harían mientras la lógica del capitalismo opera con relativa normalidad. Y si bien es verdad que esta afirmación parece ser poco menos que evidente en y por sí misma, a juzgar por la forma en la que se ha abordado intelectualmente la confrontación entre Rusia, por un lado; y Estados Unidos y la OTAN, por el otro; la realidad de la cuestión es que esta comprensión de las crisis como un elemento determinante en el diseño y el despliegue de la Raison d’état de las grandes potencias no parece ser muy bien aceptada.

Un dato elemental que evidencia este enorme grado de incomprensión de la manera en que se producen y funcionan las crisis en sistemas sociales tan complejos como lo es la arena de las relaciones internacionales se halla, por ejemplo, en cada afirmación que sostiene que son los acontecimientos experimentados en el conflicto por Ucrania los detonantes que en verdad cuentan con todo el potencial para sumir al resto del mundo en una nueva era de catástrofes (el alarmismo que pronto cundió en la prensa internacional, acerca de la posibilidad de una guerra nuclear, es indicativo de ello); como si el mundo, al margen de la emergencia sanitaria y de su correlato económico, se hallase atravesando por un momento de estabilización de su funcionamiento, sin cobrar conciencia, por un lado, de que el telón de fondo sobre el cual se desencadenó la avanzada militar rusa en el Donbás ucraniano es el propio de una crisis cuyas raíces se hunden tan profundo en el pasado como la década de los años noventa del siglo XX; y, por el otro, que, desde la perspectiva de las grandes potencias en conflicto, es de la definición del estatus de Ucrania en el marco del sistema interestatal global de lo que depende la posibilidad de contener los efectos más perversos de esa crisis irresuelta desde el siglo pasado (y que rebasa, por mucho, la geografía de Europa del Este).

Que toda crisis coyuntural sea pensada, en esa línea de ideas, a partir de los efectos de corta duración histórica que produce (como cuando en 2012 ya se empezaba a afirmar que se había superado lo peor de la contracción global de 2008; o como cuando ahora se comienza a vaticinar que lo peor de la emergencia sanitaria ya sucedió; teniendo por delante nada más que la recuperación de la vieja normalidad como nueva normalidad)), forma parte de esa misma lógica de análisis inmediatista que domina al grueso de las valoraciones políticas que hoy circulan a propósito del escenario bélico en Donetsk y Luhansk, impidiendo observar al grueso de la población mundial que toda crisis (en especial si es estructural y/o sistémica) además de acorralar, en distinto grado, a los actores internacionales hasta el punto de sobredeterminar su comportamiento y llevarles a tomar decisiones a menudo diametralmente divergentes de las que tomarían en un contexto de relativa normalidad, también se caracteriza por su capacidad para hacer que acontecimientos que usualmente no tendrían un impacto global significativo lo tengan; dejando siempre abierta la posibilidad de que la situación se agudice como en una suerte de espiral degenerativa cuyos resultados últimos siempre son difíciles de anticipar o de trazar como tendencias o trayectorias previsibles.

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La crisis de la geocultura global: repensar la crisis ucraniana en perspectiva sistémica

Quizás habría que comenzar estas breves notas partiendo de hacer explícita una consigna: el imperialismo es imperialismo con independencia de si la potencia que lo practica es Estados Unidos, Francia, China o Rusia. Hoy, en medio de la que probablemente es la campaña mediática más grande en la historia de la comunicación política moderna desde los tiempos de las dos guerras mundiales y de la invasión estadounidense a Vietnam, recordar y sostener con firmeza esta simple constatación de hechos es, por lo menos para las izquierdas del mundo, el principio ético y político mínimo al cual debe de apelarse si de manera auténtica y con espíritu crítico se aspira a construir un mundo mucho más democrático, más igualitario, más libre y socialmente justo. Ningún sentimiento antiestadounidense, antioccidental, antirruso, antichino, o similares y derivados, para quienes militan en la defensa de estas causas, nunca debería de ser suficiente pretexto para justificar y conceder legitimidad a una agresión armada, ya sea que ésta se produzca entre grandes potencias, entre superpotencias y sociedades periféricas o sólo entre periferias. El sufrimiento y la miseria que causa la violencia desatada por toda guerra de agresión, entre las masas más empobrecidas y explotadas, sencillamente no vale su defensa.

Dicho lo anterior, y reafirmando que tan condenable es la postura adoptada en Occidente acerca de Ucrania como lo es la rusa, valdría la pena anotar un par de reflexiones que coadyuven a esclarecer, por lo menos, una porción de realidad dentro del enorme cúmulo de acontecimientos que en los últimos días se han sucedidos los unos a los otros de manera intempestiva y a menudo caótica. Pero ello no, por supuesto, con la pretensión de querer agotar el tema y defender aquí respuestas definitivas a problemas que en su mayor parte aún se siguen desarrollando, sino, antes bien, ofreciendo un par de coordenadas de lectura que sirvan a la opinión pública, en general, para arrojar un poco de luz sobre esa espesa bruma que rodea no tanto a los acontecimientos sobre el terreno ucraniano, sino, antes bien, a la narrativa de los hechos en el nivel internacional y a la manera en que las masas, en su rol de espectadoras, reciben esa información y la procesan para tomar decisiones que directa o indirectamente impacten en el curso de la situación.

Es claro, por ejemplo, que, aunque en lo que va del siglo XXI la humanidad ha atestiguado el comienzo de un número relativamente amplio de intervenciones bélicas que van desde la aniquilación de Irak y Afganistán, a comienzos del milenio, entre 2001 y 2003; hasta la avanzada balcanización de Siria —aún en curso—, desde el 2011; pasando por la destrucción del Magreb africano, desde 2010; el aplastamiento de Yemen, desde 2014; o cualquiera de los conflictos aún activos a lo largo y ancho de África, desde hace décadas; en ninguno de esos casos, el flujo de información que se hizo correr entre las distintas sociedades que habitan este planeta llegó a alcanzar las proporciones a veces abismales que sí se han observado en relación con la cobertura de los hechos en Ucrania en los últimos meses.

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