Se cumplieron veinticinco años de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Un evento, éste, que sin duda en nada se compara con esa otra tragedia que, para América, significo su propio 11/09: el golpe de Estado en contra del gobierno nacional-popular de Salvador Allende; esa experiencia de masas que, desde múltiples y diversos puntos de vista, sigue siendo, hasta hoy, el más complejo, el más interesante, creativo y auténtico esfuerzo en la región por ensayar una vía democrática hacia un socialismo no dogmático ni, mucho menos, esclerotizado por las exigencias y las imposiciones del materialismo dialéctico soviético.
Se cumple, pues, un cuarto de siglo desde aquel momento en el que aeronaves secuestradas por integrantes de Al-Qaeda se impactaron en los símbolos financieros y militares del poderío estadounidense, en suelo estadounidense: el World Trade Center de Nueva York, reducido a cenizas en el acto, por un lado; y el Pentágono, oficinas centrales del Departamento de Defensa de Estados Unidos, en Arlington, Virginia. Del derrumbe de las Torres Gemelas, el número de víctimas mortales rondó el saldo de entre las 2,753 y las 3,000 personas. Del atentado en contra del Pentágono, se calcularon alrededor de 184. El drama del momento, además, se vivió globalmente en tiempo real, al haber sido transmitido ininterrumpidamente a través de una miríada de cadenas de televisión, en tiempos en los que la humanidad aún no sucumbía ante el perverso encanto de las redes sociales.
En los años que siguieron a aquella fatídica fecha para el pueblo de Estados Unidos (2001-2023) y derivado de la respuesta bélica que dio el gobierno de George W. Bush a los mismos de manera inmediata (y refrendada por Barack Obama entre 2009 y 2017), se calcula que Estados Unidos se cobraría el agravio en cuestión con creces: cerca de 940 mil víctimas mortales producto de la violencia directa causada por la guerra en los territorios de Irak, Afganistán, Siria, Yemen y Pakistán (de los cuales cerca de medio millón corresponde a civiles o no combatientes); además de un estimado de entre 3.6 y 3.8 millones de muertes indirectas (causadas por la destrucción de la economía, los sistemas sanitarios y alimentarios, la infraestructura y, en general, las condiciones de vida de decenas de miles de comunidades grandes y pequeñas ubicadas dentro de los márgenes interiores y exteriores de la zona de guerra).
Por la magnitud de los acontecimientos y las devastadoras proporciones que adquirió la guerra en Oriente Medio (o Asia Central, según sea el consenso geopolítico al que uno se adhiera), en absoluto resultaría una exageración el afirmar que la historia mundial del siglo XXI es sencillamente incomprensible si no se parte del reconocimiento de que la Guerra en contra del Terrorismo, declarada por Bush hijo en 2001, es (junto con la Gran Recesión de 2008), uno de los acontecimientos que definieron con mayor precisión y brutalidad el carácter del nuevo milenio. Proceso, éste, dicho sea de paso, que dista mucho de haberse agotado; más aún cuando el trumpismo ha hecho del recrudecimiento de las cruzadas estadounidenses antiterroristas una de sus principales señas de identidad y su más caprichoso motivo de orgullo nacional.
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