Conforme han avanzado los días tras la intervención militar estadounidense en Venezuela, dos narrativas, sobre todas las demás, han cobrado fuerza y se han instalado como los dos extremos entre los cuales se mueve la mayor parte de los análisis que buscan dar cuenta de lo acontecido y, en la medida de lo posible, arrojar algo de luz sobre la trayectoria que esta historia habrá de seguir en los días, los meses y los años por venir. Y es que, en efecto, si se obvia la marea de opiniones improvisadas y conspiranóicas que han saturado las redes sociales y una parte significativa de los medios tradicionales de comunicación de masas (prensa, radio y televisión), lo que queda en los extremos son, por un lado, la explicación que en verdad comulga con la idea de que la invasión a Venezuela fue en defensa de la democracia en el país y en contra del narcotráfico en la región. Aquí se halla plácida e ingenuamente instalada la mayor parte de la oposición histórica y coyuntural al chavismo, en general; y al gobierno de Nicolás Maduro, en particular.
Por el otro lado, valiéndose de los argumentos que el propio Poder Ejecutivo Federal estadounidense ha esgrimido en defensa de sus actos injerencistas en el Gran Caribe, están todas aquellas explicaciones que reiteran, con insistencia, que esta historia se trata de las ambiciones imperiales estadounidenses por hacerse con el petróleo venezolano, con el claro propósito de fondo de, a partir de ello, minar las posibilidades chinas de aprovecharlo en favor de sus procesos de acumulación de fuerzas en la disputa por la hegemonía global.
A pesar de que ambas respuestas son merecedoras de un análisis más detallado, por el momento la que resulta más problemática de las dos es, en realidad, la segunda. Ello, en tanto que han sido la propia presidencia estadounidense y su gabinete de seguridad las entidades que se han encargado de obviar que el argumento invocado a favor de la guerra antinarcóticos es sólo un formalismo que pretende salvar algunas apariencias en el seno de la comunidad internacional y entre su propia ciudadanía. Algo similar ocurre con la acusación en contra del régimen venezolano como terrorista y como comunista (de donde sale su manida designación como una dictadura comunista narcoterrorista).
Despejadas, pues, todas estas hipótesis o bien por su naturaleza falsaria o bien por su absurdidad, ¿qué decir, por su parte, acerca del argumento de que la intervención armada en cuestión es una maniobra estratégica estadounidense cuyo propósito último sería evitar el acceso chino a los recursos petroleros y gasíferos venezolanos? En principio, por supuesto, el argumento resulta plausible por donde se lo mire. Después de todo, ese fue precisamente el cálculo geopolítico que, tras finalizar la Guerra Civil en Europa (1914-1945), llevó a Estados Unidos a promover la emancipación de la mayor parte de las colonias de las potencias europeas en las periferias globales. En parte, por supuesto, para regular su acceso a ellas (manteniendo a Europa lo suficientemente fuerte como para contener a la Unión Soviética, pero no tanto como para competir en condiciones de igualdad con Estados Unidos), en parte, también, para disuadir el acceso soviético a ellos y, como no podía ser de otro modo, en parte para agotar primero las reservas de recursos naturales ubicadas fuera de América y, así, conservar las fuentes americanas como un aprovisionamiento a futuro y a largo plazo del que, además, estarían vetados a su acceso el resto de las grandes potencias de Occidente.
Puestas así las cosas, la pregunta que parece obligada a formularse, en el marco de la competencia de China y Estados Unidos por la hegemonía global, es más o menos evidente. A saber: ¿por qué China no ha actuado en proporción directa al injerencismo estadounidense en Venezuela para salvaguardar su acceso a los hidrocarburos del país o, por lo menos, para no dejar que Estados Unidos los controle y los convierta en un activo a su favor? El petróleo, después de todo, sigue siendo la principal fuente de energía que moviliza al mundo (y a los ejércitos que deciden los relevos de liderazgos mundiales). Su valor estratégico actual, por lo tanto, no se halla en cuestión. ¿Por qué, entonces, la débil reacción china ante los hechos?
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