Convocada y auspiciada por el Departamento de Estado de Estados Unidos, el pasado 4 de febrero del año en curso se celebró, en Washington D.C., la Primera Reunión Ministerial de Minerales Críticos. En ella participaron delegaciones de medio centenar de países de todo el mundo, de entre los que destacan la abrumadora mayoría de los bloques conformados, por un lado, por diecinueve naciones de Asia y Oriente Medio; y, por el otro, por dieciséis naciones de Europa y un equipo especial a título de la Comisión Europea. En el caso de América, a dicho evento concurrieron comisiones de ocho Estados, de entre los cuales sólo las de México y Brasil asistieron en representación de gobiernos nacional-populares, mientras que el resto lo hizo en nombre del espíritu de época que encarnan en la región viejas y nuevas extremas derechas. África, dicho sea de paso, envió misiones ad-hoc de siete países, de los cuales la de la República Democrática del Congo fue central.
Previo a su celebración, dicha reunión de alto nivel, hay que precisarlo, en general despertó grandes expectativas por los resolutivos a los que se podría llegar en ella. Más aún cuando el marco contextual en el que se había expedido la convocatoria estuvo signado por la intervención de Estados Unidos en Venezuela como mecanismo de disciplinamiento para el propio gobierno Grancaribeño y para el resto de Estados soberanos alrededor del mundo, en relación con los grados de autonomía política y económica relativas que Estados Unidos espera que podrán gozar o no otros gobiernos en todo el planeta cuando se trate de la satisfacción de sus propias necesidades de seguridad nacional, ya sea que estas se planteen o bien como razón de Estado o bien como mero capricho del trumpismo. Al finalizar la Reunión, sin embargo, quedo claro que los resultados obtenidos no fueron, ni de lejos, los que se esperaban.
Y es que, si bien es verdad que Estados Unidos aprovechó la ocasión para formalizar una docena de Memorandos de Entendimiento y cerrar negociaciones similares con otra veintena de Estados (sumándose, estos, a otros diez instrumentos de idéntica naturaleza que fueron firmados a lo largo de los pasados cinco meses), dado el carácter de las negociaciones de la Reunión y los avances que el gobierno de Estados Unidos ya había conseguido en tratos bilaterales por fuera de ella en meses recientes, en los hechos, la Ministerial de Minerales Críticos celebrada a principios de este mes pareció, más bien, haber operado como un evento simbólico y comunicacional que como un foro ad-hoc para el establecimiento de una hora de ruta y espacio de definición de los modos en los que se habrá de operacionalizar, en el corto, el mediano y el largo plazos, lo que en principio parecía ser la apuesta por un gran bloque internacional basado en el tendido de nuevas y la consolidación de viejas cadenas de suministro especializadas en recursos minerales estratégicos para el almacenamiento y el procesamiento de datos, lo mismo que para la creciente electrificación de una miríada de procesos productivos.
Dicho de otro modo: más allá del lanzamiento del Foro de Compromiso Geoestratégico en Materia de Recursos (FORGE), en el que todo está por ser definido, en la Reunión Ministerial en comento no se alcanzaron nuevos acuerdos, adicionales a los que durante poco más o menos medio año ya se habían convenido en sus contornos generales en el marco de lo que en diciembre de 2025 Donald Trump presentó como la iniciativa Pax Silica. De hecho, un aspecto hasta cierto punto desconcertante de la reunión es que, contrario a lo que se esperaba que sucediera, el gobierno de Estados Unidos no aprovechó la ocasión para imponer unilateralmente una agenda de trabajo a los Estados que hicieron parte de la reunión sino que, por lo contrario, habiendo impuesto, eso sí, los objetivos generales y específicos que Estados Unidos pretende alcanzar en este proceso, valiéndose de iniciativas como éstas, cedió una buena parte de la responsabilidad en la definición de esa agenda a los gobiernos de las delegaciones que asistieron.
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